Blog de Laudato Si

La Defensa de la Madre Tierra/I Llamada urgente y escasa respuesta

No podemos decir que la Carta Encíclica del papa Francisco sobre la defensa de nuestra hermana madre tierra, dada a  conocer a mediados de año, haya pasado totalmente desapercibida. Sin embargo sí podemos y hasta debemos decir que la atención que se le ha prestado se queda corta, muy corta, en comparación con la importancia que tiene dicho documento y la urgencia de las cuestiones que ahí se retoman.

Se podría comparar al papa Francisco con un capitán de barco que toma el mando en un momento crítico en que la nave que conduce está empezando a naufragar. Salvo una pequeña minoría el resto de la tripulación y de los pasajeros dan la impresión de estar totalmente inconscientes del peligro que los acecha, a pesar de que hay señales inconfundibles de que algo muy grave está pasando. Incluso una parte de los tripulantes, ante las voces de alarma que da la minoría insisten en que no pasa nada, en que las pequeñas dificultades que hay se arreglarán si todos los pasajeros confían en ellos y los dejan seguir con el mismo plan de navegación – que es el que, según se ha dado cuenta la minoría conciente, los ha llevado a la crítica situación en que se encuentran. En medio de todo esto, la voz del capitán es clara e inconfundible: la nave no solo está en peligro de hundirse, ya comenzó a zozobrar. Les hace ver a los ocupantes de los niveles superiores de la nave, que los niveles más bajos, donde viajan los pasajeros más pobres, ya está haciendo agua desde hace un buen rato. ¿No se dan cuenta que los que viajan en tercera y cuarta clase han estado tratando angustiosamente de pasarse a las clases superiores aún con grave riesgo de sus vidas, un riesgo que se multiplica exponencialmente dada la terquedad e insensibilidad de los que viajan en primera clase que insisten en rechazarlos hasta por medio de la violencia? La voz del capitán es firme e inequívoca: todos deben hacer algo de inmediato, si no, todos perecerán, no solo los más pobres que ya han empezado a sentir todo el rigor de la situación. Incluso a algunos de los que sí están concientes pero que creen que el peligro es para las futuras generaciones les hace ver que el peligro ya está sobre nosotros. Las palabras textuales de la Encíclica de Francisco son las siguientes:

“Las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad. El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones. La atenuación de los efectos del actual desequilibrio depende de lo que hagamos ahora mismo, sobre todo si pensamos en la responsabilidad que nos atribuirán los que deberán soportar las peores consecuencias” (no. 161).

Pero, a pesar de la situación verdaderamente angustiosa, la voz del capitán del barco (de quien lleva el timón de la nave de Pedro, podríamos decir con una metáfora más antigua aún) no es alarmista ni señala solamente lo negativo. No, su voz es una voz llena de esperanza y hasta de alegría. Con la misma certeza y seguridad con las que señala el peligro, y quizás hasta con mayor autoridad todavía, reconforta y fortalece a sus compañeros de viaje con la convicción, firme e inconmovible como la roca de Pedro, de que sí se puede. Nos recuerda la grandeza y magnificencia del plan original de navegación y que el Autor de ese plan no nos va a abandonar a nuestra suerte (aunque a veces parezca que se ha quedado dormido). Y nos hace ver que el mismo esfuerzo para salvar a la nave del naufragio, esfuerzo cuyas enormes dificultades no oculta, es ya una aventura maravillosa. De hecho los problemas del barco en buena medida surgieron por haber olvidado ese plan original y por poner atención, no a la belleza del mar y de los cielos, sino a multitud de insignificancias que solo han cargado el peso de la nave y deteriorado su estado por su incompatibilidad con ese plan original. El papa pone de ejemplo a San Francisco de Asís, el mismo que le inspiró a tomar ese nombre como pontífice, que pudo ser “más con menos”. Al renunciar a lo superficial y concentrarse en las cosas básicas de la existencia: el agua, la tierra, el sol, las flores, las aves… y el amor que creó todo eso para nosotros (pero para cuidarlo y disfrutarlo no para explotarlo desconsideradamente) Francisco alcanzó una felicidad que pocos seres humanos han alcanzado. Su homónimo y discípulo ochocientos años después de él, nos despierta con un llamado que puede parecer angustioso pero que reverbera con la  misma alegría del que fue llamado el pobrecillo de Asís: “Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza”. 

El nombre completo de la encíclica del papa Francisco es “Laudato sí*. Sobre el cuidado de la casa común”. Pero como dice el mismo Francisco desde el mero principio (y como espero que haya quedado claro en esta breve introducción) la encíclica no es nada más sobre ecología. En una de sus frases más dramáticas dice que el problema de la contaminación de la tierra es inseparable del problema de la explotación, marginación y hasta descarte de los pobres. Se puede considerar una encíclica verde a condición de darse cuenta de que se encuentra en el extremo opuesto de esos autollamados verdes que pretenden defender a los animales de los circos mientras piden la pena de muerte para los humanos y se revuelcan ellos mismos en la corrupción. La encíclica es de una enorme riqueza en los temas que trata, en los análisis que nos ofrece y en las grandes líneas (que no recetas) que nos da para la acción. Vale la pena, mejor dicho, es indispensable leerla, meditarla y ponerla en práctica. Su riqueza es inmensa. Con este artículo queremos empezar una serie de escritos a fin dar más elementos y de animar a los lectores de Mirada Sur para poner manos a la obra de defender y cuidar nuestra casa común.

* Laudato sí son palabras italianas que significan alabado seas y están tomadas del cántico en el que Francisco de Asís alaba a su Señor por haber creado a nuestra hermana madre tierra, a la hermana agua, al hermano sol y a todas las creaturas que son nuestras hermanas

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