Blog de Laudato Si

La Defensa de la Madre Tierra/II. El Papa Francisco y Ayotzinapa

En esta serie de artículos sobre la encíclica Laudato Sí del papa Francisco y sus otros pronunciamientos –y acciones- relacionados, no seguiremos un orden sistemático y exhaustivo de los temas, que sería más propio de una cátedra de postgrado, sino un orden (si así se le puede llamar) más azaroso y atento a los acontecimientos del momento, como corresponde a las páginas de un periódico y que, además, puede ayudar a reflejar mejor la enorme riqueza de la encíclica que, como ya lo habíamos señalado y lo advierte su mismo autor, está muy lejos de circunscribirse a la temática que convencionalmente se denomina “verde” o “ecológica”.

Por tanto, ¿qué tema más apropiado que éste en estos días en que acaba de conmemorarse el primer aniversario de los trágicos e indignantes sucesos de Ayotzinapa? No se trata ciertamente de una relación o referencia directa de Francisco al caso de Ayotzinapa. Aunque circularon versiones de que una delegación de padres y madres de los estudiantes normalistas buscarían una entrevista con el papa durante su viaje a los Estados Unidos, ese frustrado intento, aun en el caso de que se hubiera dado, no habría sido lo más importante. Más aún, aunque es comprensible y hasta estimulante que el impacto global que están teniendo Francisco y sus acciones se manifieste en el deseo de encuentros de este tipo, en realidad el esperar mucho de su eventual intervención directa en algún problema más bien contradice el verdadero espíritu de lo que el papa argentino está promoviendo: que cada uno de nosotros asuma el papel que le corresponde en esta lucha que es muy probablemente la cuestión más urgente de nuestro tiempo.

Lo verdaderamente importante es la relevancia para el caso Ayotzinapa de lo que ha dicho y escrito Francisco en otros contextos, relevancia tan grande que parece que sus palabras fueron dichas para nuestro caso específico. E, inversamente, un caso como el de Ayotzinapa nos permite resaltar con enorme fuerza el vínculo indisoluble que Francisco insiste una y otra vez que no debemos olvidar: La correspondencia entre la violencia que se hace a la madre tierra y la violencia que se ejerce contra los más pobres, vulnerables y descartables para el sistema económico vigente; consecuentemente, también están indisolublemente unidas la lucha por defender la madre tierra y la lucha por la justicia, la paz y la democracia.

El texto de la encíclica de Francisco prácticamente se inicia con el clamor de la madre tierra que, según el texto de San Pablo, “gime y se agita con dolores de parto”. Inmediatamente unido a eso y con una lógica a la vez normal y apabullante, aparecen los hijos también heridos de la madre tierra. En efecto, ¿puede uno lamentarse por la madre sin lamentarse por los hijos? e, inversamente, ¿puede uno preocuparse por la suerte de los hijos sin preocuparse por la suerte de la madre? Si la madre se enferma no tendrá fuerza para alimentar a sus hijos y si no se atiende madre e hijos acabarán pereciendo juntos. La encíclica nos recuerda el gemido de la madre tierra por su propio dolor pero no es difícil encontrar en la experiencia común de la humanidad y en los mismos textos bíblicos que tanto reflejan esa experiencia el otro llanto de la madre, no por sí misma sino por sus hijos; de las profundidades de la historia de Israel nos llega el clamor cuyos ecos reverberan en las madres de Ayotzinapa y en todas las demás madres de los miles de jóvenes asesinados y desaparecidos en México:  “Una gran voz fue oída en Ramá; grande llanto y lamentación. Es Raquel que llora por sus hijos, y no quiere ser consolada, porque ya sus hijos han desaparecido” (Mt. 2, 18).

En el encuentro que Francisco tuvo con organizaciones indígenas y sociales en Bolivia unos días después de haber publicado su encíclica, el papa preguntó a los presentes:

“Hay un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones e injusticias que hemos considerado juntos ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?”

Ya sea que detrás de la barbarie de Ayotzinapa esté el narcotráfico de las grandes alturas político-militares, como sugirió el GIEI, o la contrainsurgencia, como piensan muchos otros, la explicación que ofrece Francisco con una certeza absoluta se aplica al caso mexicano a la perfección: “un sistema que ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo”. Y otra de la expresiones que utiliza constantemente el papa hasta podría arrojar una luz nueva sobre el verdadero sentido, un sentido oculto, de las palabras de los funcionarios públicos que, a pesar de todas las pruebas en contrario, siguen insistiendo en el basurero de Cocula como el último destino de los estudiantes. El papa habla de “la cultura del descarte”. ¿No será que la presencia de esa cultura en el fondo de la conciencia (o la inconciencia) de esos funcionarios es lo que se manifiesta en esa postura que, si no corresponde a la realidad sí corresponde a sus más íntimos deseos: poder mandar a la basura a todos los que estorban sus ganancias?

Finalmente, la relevancia de las palabras de Francisco no se queda nada más en la realidad global de ese sistema de exclusión que genera crímenes como el de Ayotzinapa, sino que desciende a lo específico del tema de la educación que está detrás también de todo el movimiento magisterial. En su otra encíclica anterior a Laudato Si- “El Gozo del Evangelio” (y que conviene leer conjuntamente) Francisco escribe estas palabras lapidarias:

“Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres de sus propios males y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en sus gobiernos, empresarios e instituciones, cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.”

¿Qué dirán de esto los televisos, antaño tan papistas…?


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