Blog de Laudato Si

La Defensa de la Madre Tierra/III ¡La situación es grave pero la victoria es nuestra!

En una entrega anterior comparé al papa Francisco y su encíclica Laudato Si con un capitán de barco que da la voz de alarma sobre el inminente naufragio del navío que comanda pero a la vez sostiene que todavía hay esperanza. Variando un poco la metáfora, también lo podríamos comparar con un general que toma el mando de su ejército en un momento en que éste parece aplastado irremisiblemente por el enemigo: el territorio patrio está invadido, los centros de poder político y de comunicación nacional están prácticamente en su totalidad en manos de los invasores extranjeros – sea a través de sus agentes infiltrados o de traidores colaboracionistas- la población en su mayoría parece insensible a la tragedia o ha absorbido inconcientemente la ideología del enemigo, mientras la porción de ella que está directamente bajo la bota del opresor vive en una situación de terror y cuando resiste heroicamente parece no tener más que sus uñas para hacerlo. En pocas palabras, la situación parece perdida. Pero en estas circunstancias se produce un cambio en el mando supremo del ejército y el nuevo general que llega a hacerse cargo logra, con una serie de rápidos y contundentes movimientos, cambiar la percepción de la situación y la perspectiva de la guerra.

Con la ayuda de esta metáfora militar procederé a exponer sucintamente los principales elementos que componen la Encíclica Laudato Sí.

En primer lugar, Francisco, que es naturalmente el general del que hablamos, en un golpe de vista aprehende la situación con ese tipo de mirada que, según Napoleón, define a los genios: la capacidad de ver tanto el conjunto de la situación como los detalles, la capacidad de captar con una mirada el estado de las fuerzas del enemigo así como el de las propias, pero con un elemento, que muchas veces olvidamos o somos incapaces de incorporar, sin el cual los mejores análisis de la realidad son peor que inútiles porque no hacen más que incrementar la sensación derrotista por el abrumador poder del enemigo; me refiero a la capacidad de detectar, aun en medio de las peores circunstancias adversas las ventanas de oportunidad que, si se aprovecharan, podrían darle la vuelta a la situación. Así Francisco, como ya veíamos anteriormente, no minimiza los peligros ni le saca la vuelta a las situaciones que anuncian una inminente catástrofe (mal haría un general si lanzara sus tropas al asalto dejándoles la impresión de que las fuerzas enemigas son mucho menores de lo que son en realidad) pero, viendo más allá de la noche, avizora el amanecer. Y con esta visión plena de esperanza levanta el ánimo de sus tropas abatidas o resignadas a la inevitable derrota. ¡Vamos! ¡Adelante! ¡La victoria es nuestra! Si el Señor está de nuestro lado ¿quién podrá en contra nuestra?

Desglosando lo anterior en términos de la estructura básica de Laudato Sí, tenemos que en primer lugar (lo que correspondería a la Introducción que va del los párrafos 1 al 16) Francisco resume el problema y el estado de la cuestión en un par de párrafos concisos y contundentes. Sabiamente, como corresponde a un general que sabe por dónde hay que mover el alma de un pueblo invadido y casi derrotado, no comienza con una descripción de los estragos causados por del enemigo. Comienza recordándole al pueblo la graadeza y la belleza original de su patria, en este caso, de nuestra casa común, nuestra hermana madre tierra. Una vez hecho esto, entonces sí, viene, no tanto la descripción de los estragos (eso vendrá después) sino el súbito y estremecedor lamento por la patria herida que “clama por el daño que le provocamos” , junto con (y esta adición es importantísima) el lamento por nuestros compatriotas más pobres que con la hermana madre tierra son los que más cruelmente han recibido los impactos de la violencia: “Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto”.

Acto seguido Francisco esboza una línea de continuidad con sus antecesores desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI (se siente la ausencia de Juan Pablo I, quizá el que más se le parece de todos ellos). Vale la pena destacar que lo primero que hace, inmediatamente después de sus palabras sobre el clamor de la tierra, es establecer un paralelismo entre su encíclica y la encíclica Pacem in Terris (Paz en la Tierra) de Juan XXIII, escrita “hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear”, encíclica que “no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz.” Con esto Francisco: a) Liga indisolublemente el tema de la ecología (en el sentido amplio que él le da a ésta noción) con el tema de la paz. b) Subraya el carácter mortalmente crítico del momento actual: así como el mundo estuvo al borde de la catástrofe nuclear (hace exactamente 53 años, en el mes de octubre de 1962, durante la llamada “crisis de los misiles” en Cuba, para ser más precisos) así estamos ahora al borde de la catástrofe ecologica. c) Sugiere, a la vez con delicadeza y con claridad, que si el mundo se salvó en aquel entonces de milagro (quien usó esta expresión no fue Francisco ni ningún correligionario suyo inclinado de por sí a creer en lo sobrenatural, sino el mismísimo Noam Chomsky, bastión del mejor racionalismo moderno) y se salvó en buena medida por la mediación de Juan XXIII entre Kennedy y Jrushov, los dirigentes de las dos potencias nucleares que estuvieron a punto de jalar el gatillo y hacer saltar el mundo en pedazos, sin embargo, el deseo mayor del papa bueno, la instauración de una auténtica paz que fuera algo más que no-guerra, quedó frustrado. De manera implícita pero obvia, Francisco manifiesta su esperanza de que, en esta ocasión, podrá la humanidad, no sólo evitar la catástrofe que la amenaza, sino, ahora sí, instaurar una verdadera “ecología integral” que será además la verdadera paz que anhelaba san Juan XXIII.

Esta sección introductoria se cierra con la reiteración por parte del papa Francisco de lo que ya había dicho en los primeros párrafos de la encíclica y seguirá machacando a lo largo de todo el texto: “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta”.


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