Blog de Laudato Si

La Defensa de la Madre Tierra/V. Laudato Si y las organizaciones populares

La encíclica Laudato Si; sobre el cuidado de la Casa Común, publicada por el papa Francisco en junio pasado tiene una importancia crucial y evidente para los movimientos y organizaciones que, como los que participaron en este foro*, luchan por la defensa de la tierra, el territorio, la biodiversidad y los derechos de los pueblos. Dicho sea de paso, y en honor de quienes organizaron este foro, Francisco prácticamente hace suya la frase, y no sólo la frase sino la convicción firme y profunda de que, frente al modelo hegemónico impuesto como si no hubiera alternativas, en realidad, otro mundo es posible.

Antes de entrar de lleno a este tema, de lo que significa la encíclica para las organizaciones y movimientos populares, quisiera muy brevemente decir un par de cosas sobre lo que significa la encíclica para la Iglesia misma (hablo en estos momentos específicamente de la Iglesia Católica; en cuanto a las otras Iglesias, sería muy interesante que las mismas dijeran los que para ellas significa). En primer lugar significa una novedad que en cierto modo no es novedad dado que implica regresar a lo más antiguo de la Iglesia, a sus propios orígenes. En realidad muchas novedades, y no sólo en el ámbito eclesial sino en la historia de las personas y de los pueblos, nacen de volver a los orígenes, de redescubrir la propia identidad. Francisco está decidido a que la Iglesia eche su suerte con los pobres de la tierra  (para decirlo con las coplas de José Martí) o sea, que vuelva a sus orígenes de ser la que anuncia la buena noticia a los pobres. Con esto el papa está tratando muy en serio de desmarcar a la Iglesia de las posturas ideológicas conservadoras que hace demasiado tiempo han condicionado, limitado y tergiversado su mensaje y de desenredarla de la maraña de intereses económicos y políticos que igualmente la mantienen cautiva a ella y a su mensaje liberador. La segunda novedad me atrevo a decir que es más que la primera una novedad en términos absolutos. Hace unos días tuve la oportunidad de platicar con un sacerdote indígena que es uno de los pioneros en México de lo que aquí en la Diócesis de San Cristóbal se llama la Iglesia Autóctona y de lo que se conoce también como la Teología India. Me decía que –hasta donde llegaba su conocimiento, que es bastante amplio- ésta es la primera vez en la historia de la Iglesia que un papa utiliza la expresión Madre Tierra, y más todavía, no lo utiliza en una conversación casual sino en un documento de esta naturaleza que es de los que tienen mayor autoridad doctrinal en la Iglesia. Este sólo hecho tiene una importancia trascendental para los pueblos indígenas que desde siempre han utilizado esta expresión y que de esta manera obtiene una reivindicación más para sus culturas tan golpeadas, negadas y reprimidas a través de la historia y particularmente en estos momentos de capitalismo salvaje (algunos historiadores dicen que ni siquiera en tiempos de la conquista los pueblos y las culturas indígenas habían sido tan amenazadas como ahora). Y con esto entramos ya de lleno al tema que nos ocupa.

La encíclica Laudato Sí retoma las luchas y reivindicaciones de los movimientos populares dando un lugar especial a los pueblos indígenas. Cabe decir que incluso durante las décadas de lo que algunos teólogos de la liberación denominaron el invierno eclesial, era posible para los pobres y para los pueblos indígenas encontrar algunas palabras de aliento y de apoyo a sus luchas en los pronunciamientos de los papas, por ejemplo, las palabras que pronunció Juan Pablo II ante sus representantes en su visita a Mérida, Yucatán. Pero ahora estamos frente a algo radicalmente nuevo y profundamente esperanzador y desafiante. Los papas anteriores hablaban desde posiciones teológicas, por así decirlo, pero nunca como ahora habían retomado las palabras, las luchas, las reivindicaciones y el espíritu de las luchas populares y se las habían devuelto con su propia firma como aval, de modo que los pueblos pudieran contemplarse a sí mismos en una encíclica papal. Tal vez podría decirse que el papa Juan Pablo II hizo algo semejante con el movimiento obrero de Solidaridad en su natal Polonia. Pero ahora nos toca a nosotros y ojalá pudiéramos sacar tantas consecuencias prácticas de sus palabras como hicieron los polacos pero sin cometer los errores que ellos cometieron.

Vale la pena recordar que Francisco quiso enmarcar, por así decirlo, su encíclica en medio de dos encuentros con organizaciones populares. El primero, previo a la publicación de la encíclica, con movimientos populares en general, en el Vaticano en octubre del 2014. El segundo, justo después de la publicación de la encíclica y como para reforzar su sentido, se llevó a cabo principalmente con organizaciones indígenas, en Santa Cruz, Bolivia en julio del presente año. Y en la encíclica ofrece estas palabras de reconocimiento y apoyo a los pueblos indígenas – o “las comunidades aborígenes” como las designa el papa- palabras que muy bien podríamos pensar que llevan dedicatoria (entre otros) a las atroces reformas estructurales de Peña Nieto que pretenden imponer el despojo de tierras a los campesinos con el peregrino argumento de que la entrega de tierras a las trasnacionales privadas es de interés público para la nación:

“En este sentido, es indispensable prestar especial atención a las comunidades aborígenes con sus tradiciones culturales. No son una simple minoría entre otras, sino que deben convertirse en los principales interlocutores, sobre todo a la hora de avanzar en grandes proyectos que afecten a sus espacios. Para ellos, la tierra no es un bien económico, sino don de Dios y de los antepasados que descansan en ella, un espacio sagrado con el cual necesitan interactuar para sostener su identidad y sus valores. Cuando permanecen en sus territorios, son precisamente ellos quienes mejor los cuidan. Sin embargo, en diversas partes del mundo, son objeto de presiones para que abandonen sus tierras a fin de dejarlas libres para proyectos extractivos y agropecuarios que no prestan atención a la degradación de la naturaleza y de la cultura” (no.146 de LS).

Desde las primeras palabras de la encíclica y con machacona insistencia a lo largo de cada una de sus páginas, Francisco insiste, con diferentes formulaciones pero con una misma idea siempre, en una tesis central que también lo es para organizaciones y movimientos como los aquí reunidos: la íntima e indestructible unidad entre el tema de la defensa de la tierra y el de la defensa de los derechos de los pobres. He aquí algunas de sus expresiones:

“En San Francisco de Asís se advierte hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior” (10).

“Algunos ejes atraviesan toda la encíclica. Por ejemplo: la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta” (16).

Y una vez más, para que no quepa ninguna duda:

“No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza” (139).

“La misma lógica que dificulta tomar decisiones drásticas para invertir la tendencia al calentamiento global es la que no permite cumplir con el objetivo de erradicar la pobreza” (175)…“ El poder conectado con las finanzas es el que más se resiste a este esfuerzo” (57).

Y estas palabras, al mero comienzo de la encíclica, que para mí son una de las aportaciones más originales del papa Bergoglio a partir de la intuición genial de San Francisco que considera a la tierra no sólo como madre, sino como hermana:

“Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto»” (2)

Con estas palabras y otros argumentos posteriores Francisco le sale al paso a las falsas posiciones de reduccionismo verde y la “ecología superficial”, que algunos llamarían la ecología light, que quisieran quedarse en soluciones parciales que no ven la raíz del problema, raíz sobre la cual se expresa con absoluta claridad ante los movimientos populares en Bolivia:

“Ustedes me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?”

* Este artículo es una Ponencia presentada por el autor en el foro El Despojo Biocultural: La amenaza del protocolo de Nagoya o las patentes sobre los bienes comunes. Una visión desde los pueblos. llevado a cabo en el CIDECI- UNITIERRA de SCLC el 23 de octubre de 2015. El foro fue convocado por COMPITCH, Amigos de la Tierra (Internacional), Movimiento de Rebeldía de los Montes Azules y Otros Mundos. (Primera de dos partes).


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