Blog de Laudato Si

Brevísima relación de la visita de Francisco (1ª. parte)

Los lectores avisados, que de seguro no le faltarán a las páginas de Mirada Sur, habrán notado que el título de este artículo es una evocación del nombre de la más famosa- y terrible- obra escrita por Fray Bartolomé de las Casas (la Brevísima relación de la destrucción de las Indias) primer obispo de Chiapas, defensor de indios y enemigo de encomenderos y, por añadidura, padrino paradójico de esta ciudad coleta que prácticamente lo expulsó de su seno y ahora lleva su apellido. También, evidentemente, padrino más apropiado de la diócesis que por extensión lleva el mismo nombre de la ciudad y se sincroniza de tiempo en tiempo con el espíritu de su fundador. Estos antecedentes, remotos solo en el tiempo, tendrían que ser tomados en cuenta necesariamente a la hora de aquilatar el significado histórico de una acontecimiento que de por sí lo es, el del primer papa que visita esta tierra y que, para mayor trascendencia histórica todavía, es el primer papa nacido en el continente que evangelizaron Las Casas y sus hermanos frailes en el siglo XVI. Pero, no obstante todo lo anterior, ni Francisco, ni sus anfitriones, ni nadie (hasta donde he podido darme cuenta) hizo la menor referencia a este contexto histórico. Francisco dijo que no podía imaginarse venir a México y no visitar a la Virgen de Guadalupe. Tampoco podemos imaginarlo visitando Asís sin acordarse de San Francisco. Más o menos a eso equivale venir a Chiapas, denunciar el despojo histórico de los indígenas, pedirles perdón y no mencionar a Las Casas. La relevancia de este silencio se acentúa si notamos que al día siguiente, en Michoacán, sí hubo alusiones a Vasco de Quiroga, primer obispo de esa diócesis, contemporáneo y compañero de Fray Bartolomé. Y el silencio paradójico de alguna manera también se extendió al sucesor de Las Casas a quien tocó celebrar adecuadamente el V Centenario de su predecesor; si bien se matiza un poco con la visita obligada a su tumba de Tatik Samuel en la catedral de San Cristóbal.

Lo anterior (cuyo sentido pleno quedaría por dilucidar) no es más que un ejemplo de una de las muchas cosas que habría que tomar en cuenta para aquilatar el significado profundo de la visita de Francisco a San Cristóbal. Pero eso no se puede hacer en la inmediatez de los hechos. Se necesita tiempo y silencio para asimilar su significado, yendo más allá de las primeras impresiones (por valiosas que puedan ser) y superando el ruido mediático de críticas viscerales, aprobaciones oportunistas (y hasta cínicas) problemáticas múltiples atendidas o no atendidas (Ayotzinapa, el tema de la pederastia, entre otros) y el inevitable tinte de show que se adhiere a la visita, no por la persona de Francisco sino por lo que es nuestra sociedad. Así como Francisco ha pedido momentos de silencio para asimilar la palabra de Dios, así se necesita silencio para comprender mejor los ‘signos de los tiempos’. Por supuesto que este espacio de silencio es harto limitado para quien escribe al día siguiente de la visita, pero hecha la salvedad, trataré de esbozar una primera aproximación.

Algo sobre las circunstancias de la visita.

Parecería evidente que no se pueden confundir las intenciones y acciones del visitante con las circunstancias del lugar visitado, sobre las que el visitante no tiene ningún control. Sin embargo no siempre sucede así. Por ejemplo, no faltó quien pretendió culpar al papa por la reciclada militarización de San Cristóbal que contemplamos desde unos días antes de su llegada. Las escenas de los vehículos militares recorriendo la ciudad con sus armas en ristre, como si estuvieran a punto de disparar sobre un peligroso enemigo detrás de cualquier esquina, evocaron la memoria de aquellos días aciagos de enero de 1994, cuando el ejército mexicano recorría ominosamente las calles de San Cristóbal mientras en las montañas, reprimía a sangre y fuego a los más marginados de los mexicanos. Por otro lado, las ostentosas “medidas de seguridad” (no sé si sea cierto, pero un medio de comunicación internacional comentó que en ningún lugar del mundo se ha implementado un dispositivo tan grande como el de México para una visita papal) contrastaron notablemente con la insuficiencia e inadecuación de las ‘medidas logísticas’ para la realización de la misa en el SEDEM cuyo resultado fue una inmensa cola (que llegaba hasta la Unidad Administrativa) donde había personas que de 2 a 7 de la mañana ocuparon exactamente el mismo lugar sin avanzar un centímetro. Sin la presión de los inconformes que hizo que se suprimieran engorrosos trámites de entrada hubiera habido un verdadero ‘desastre organizativo’ en el que más del 50 por ciento de los asistentes se habrían quedado sin entrar al acto.

Este contraste pinta un cuadro certero de nuestra sistema político-social: por un lado el despliegue impresionante (con el consecuente gasto millonario) de supuestas ‘medidas de seguridad’ (que en el fondo son medidas de intimidación) y por otro lado la totalmente inadecuada atención a las verdaderas necesidades de la población. Pero evidentemente la culpa de esto no es de Francisco sino del tipo de sociedad que vivimos en México (y en el mundo) impuesta por esos privilegiados a los que Francisco identificó sin tapujos como los verdaderos culpables de la violencia, la corrupción y el narcotráfico.

El ¡Ya basta! que no hay que dejar inadvertido.

Ya que mencionamos los días del levantamiento zapatista en enero de 1994, me parece notable que nadie haya advertido (hasta donde he podido leer crónicas del evento) que Francisco comenzó su breve homilía a tambor batiente, haciéndose eco del ‘¡Ya basta!’ zapatista que cimbró al país y al mundo hace 16 años:

“Un Pueblo que había experimentado la esclavitud y el despotismo del Faraón, que había experimentado el sufrimiento y el maltrato hasta que Dios dice basta, hasta que Dios dice: ¡No más!”

Prácticamente ésas fueron sus primeras palabras, apenas después del breve párrafo en que Francisco hizo su debut en tzotzil (no muy brillante por cierto pues las lenguas no son su fuerte; pero me consta- por los comentarios que escuché a mi lado- que no pasó desapercibido para los indígenas quienes comprendieron perfectamente lo que decía). Este inicio no puede tomarse como algo meramente casual. La lectura central de la misa no era la del Éxodo que habla de la liberación de la esclavitud bajo los egipcios, sino el Evangelio que habla del “tuve hambre y me diste de comer”, lo cual parecía ideal para una homilía más ‘convencional’ (menos ‘política’) del papa sobre el amor y la misericordia. Sin embargo Francisco dejó de lado este texto y dio el salto de manera muy natural a partir de la primera lectura sobre lo perfecto que son las leyes del Señor (“Li smantal Kajvaltike toj lek”) a “La ley que el Pueblo de Israel había recibido de mano de Moisés, una ley que ayudaría al Pueblo de Dios a vivir en la libertad a la que habían sido llamados”. Y de ahí al ¡Ya basta! frente a la esclavitud y el despotismo, que no se necesita mucha imaginación para trasladar de Egipto a Chiapas.

Francisco no refirió el ¡Ya basta! de los indígenas de Chiapas explícitamente al EZLN. No podía hacerlo, ni es su papel como papa, ni convenía que lo hiciera. Pero en cambio hizo algo que, en otro ámbito y en otro sentido, es igualmente revolucionario: lo refirió al Popol Vuh, el libro sagrado de  los mayas. Y de esta manera volvió a darle un origen universal, no exclusivo de una organización: Ese ¡Ya basta! es como el grito de los pueblos indígenas, es el  anhelo profundo del alma, el ch’ulel, del pueblo indígena. Y para coronar el asunto, le reconoció raíz teológica: “Nuestro Padre no sólo comparte ese anhelo, Él mismo lo ha estimulado y lo estimula al regalarnos a su hijo Jesucristo.”

Todavía hizo otra contribución Francisco a su rescate del grito de los pueblos indios. Hay una frase evangélica a la que alguien le puso música y es frecuentemente cantada en las ermitas, en las parroquias y en los eventos de la Diócesis de San Cristóbal: “Si callara la voz del profeta/ las piedras hablarán”. Francisco le da a esto un giro que podríamos llamar ‘genial’ o ‘inspirado’ (según la filosofía de cada quien). Primero nos pone en un contexto que nosotros podemos muy fácilmente referir a la dimensión ideológica de las políticas de contrainsurgencia que pretenden acallar las voces de la rebelión. Es interesante que Francisco haya utilizado 5 verbos en este contexto. Primero, “silenciar y callar” para las voces que se articulan para expresar el anhelo profundo. Y después “anestesiar”, “aletargar” y “adormecer” para el alma que siente y la conciencia que percibe. Y entonces, “si callara la voz del profeta” (que en este caso es el pueblo indígena) ya no son nada más las piedras las que gritan, sino toda la Creación; es la hermana madre tierra que “clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella.”

De esta manera admirable Francisco engarza sus propias preocupaciones sobre la destrucción ecológica que plasmó en su encíclica Laudato Si, con el ¡Ya basta! de los pueblos indígenas, con la liberación del pueblo de Israel, con la sabiduría ancestral de los mayas y con la voluntad de un Dios justo y misericordioso.

Por supuesto que lo que busca Francisco no es apantallarnos con tesis brillantes sino mover nuestros corazones para que actuemos de manera firme y decidida, con un cambio radical de hábitos personales y de estructuras sociales: “Ya no podemos hacernos los sordos frente a una de las mayores crisis ambientales de la historia” dijo en su homilía citando su propia encíclica. Y, en medio del bombardeo universal para silenciarnos (valga la paradoja) y de la contaminación generalizada del medio ambiente, de las conciencias y aun de las culturas indígenas, se dirigió directamente a estos últimos, no como pontífice que pontifica, sino como hermano que pide ayuda: 

“En esto ustedes tienen mucho que enseñarnos, que enseñar a la humanidad. Sus pueblos, como han reconocido los obispos de América Latina, saben relacionarse armónicamente con la naturaleza, a la que respetan como «fuente de alimento, casa común y altar del compartir humano»”.

Hay que reconocer la audacia (los del otro lado dirán la imprudencia) de Francisco al comenzar su homilía, en la ciudad que vio el levantamiento de 1994 y en el virtual aniversario de los Acuerdos de San Andrés, con un casi literal Ya basta. Visto desde el lado negativo fue como venir a mentar la soga en casa del ahorcado. Vista desde el lado positivo fue como venir a anunciar la buena nueva a los pobres y la liberación a los oprimidos.

Ojalá muchos que permanecen escépticos (por buenas o malas razones) supieran aquilatar esto y no dejaran pasar de largo lo que significa ese gesto de Francisco, esa mano que les tiende, ese aliado para una nueva revolución contra el poder del dinero, el ídolo que todo lo aplasta.


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