Blog de Laudato Si

Madre Tierra

La Defensa de la Madre Tierra/III ¡La situación es grave pero la victoria es nuestra!

Escrito por Laudatosi 30-10-2015 en Madre Tierra. Comentarios (0)

En una entrega anterior comparé al papa Francisco y su encíclica Laudato Si con un capitán de barco que da la voz de alarma sobre el inminente naufragio del navío que comanda pero a la vez sostiene que todavía hay esperanza. Variando un poco la metáfora, también lo podríamos comparar con un general que toma el mando de su ejército en un momento en que éste parece aplastado irremisiblemente por el enemigo: el territorio patrio está invadido, los centros de poder político y de comunicación nacional están prácticamente en su totalidad en manos de los invasores extranjeros – sea a través de sus agentes infiltrados o de traidores colaboracionistas- la población en su mayoría parece insensible a la tragedia o ha absorbido inconcientemente la ideología del enemigo, mientras la porción de ella que está directamente bajo la bota del opresor vive en una situación de terror y cuando resiste heroicamente parece no tener más que sus uñas para hacerlo. En pocas palabras, la situación parece perdida. Pero en estas circunstancias se produce un cambio en el mando supremo del ejército y el nuevo general que llega a hacerse cargo logra, con una serie de rápidos y contundentes movimientos, cambiar la percepción de la situación y la perspectiva de la guerra.

Con la ayuda de esta metáfora militar procederé a exponer sucintamente los principales elementos que componen la Encíclica Laudato Sí.

En primer lugar, Francisco, que es naturalmente el general del que hablamos, en un golpe de vista aprehende la situación con ese tipo de mirada que, según Napoleón, define a los genios: la capacidad de ver tanto el conjunto de la situación como los detalles, la capacidad de captar con una mirada el estado de las fuerzas del enemigo así como el de las propias, pero con un elemento, que muchas veces olvidamos o somos incapaces de incorporar, sin el cual los mejores análisis de la realidad son peor que inútiles porque no hacen más que incrementar la sensación derrotista por el abrumador poder del enemigo; me refiero a la capacidad de detectar, aun en medio de las peores circunstancias adversas las ventanas de oportunidad que, si se aprovecharan, podrían darle la vuelta a la situación. Así Francisco, como ya veíamos anteriormente, no minimiza los peligros ni le saca la vuelta a las situaciones que anuncian una inminente catástrofe (mal haría un general si lanzara sus tropas al asalto dejándoles la impresión de que las fuerzas enemigas son mucho menores de lo que son en realidad) pero, viendo más allá de la noche, avizora el amanecer. Y con esta visión plena de esperanza levanta el ánimo de sus tropas abatidas o resignadas a la inevitable derrota. ¡Vamos! ¡Adelante! ¡La victoria es nuestra! Si el Señor está de nuestro lado ¿quién podrá en contra nuestra?

Desglosando lo anterior en términos de la estructura básica de Laudato Sí, tenemos que en primer lugar (lo que correspondería a la Introducción que va del los párrafos 1 al 16) Francisco resume el problema y el estado de la cuestión en un par de párrafos concisos y contundentes. Sabiamente, como corresponde a un general que sabe por dónde hay que mover el alma de un pueblo invadido y casi derrotado, no comienza con una descripción de los estragos causados por del enemigo. Comienza recordándole al pueblo la graadeza y la belleza original de su patria, en este caso, de nuestra casa común, nuestra hermana madre tierra. Una vez hecho esto, entonces sí, viene, no tanto la descripción de los estragos (eso vendrá después) sino el súbito y estremecedor lamento por la patria herida que “clama por el daño que le provocamos” , junto con (y esta adición es importantísima) el lamento por nuestros compatriotas más pobres que con la hermana madre tierra son los que más cruelmente han recibido los impactos de la violencia: “Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto”.

Acto seguido Francisco esboza una línea de continuidad con sus antecesores desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI (se siente la ausencia de Juan Pablo I, quizá el que más se le parece de todos ellos). Vale la pena destacar que lo primero que hace, inmediatamente después de sus palabras sobre el clamor de la tierra, es establecer un paralelismo entre su encíclica y la encíclica Pacem in Terris (Paz en la Tierra) de Juan XXIII, escrita “hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear”, encíclica que “no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz.” Con esto Francisco: a) Liga indisolublemente el tema de la ecología (en el sentido amplio que él le da a ésta noción) con el tema de la paz. b) Subraya el carácter mortalmente crítico del momento actual: así como el mundo estuvo al borde de la catástrofe nuclear (hace exactamente 53 años, en el mes de octubre de 1962, durante la llamada “crisis de los misiles” en Cuba, para ser más precisos) así estamos ahora al borde de la catástrofe ecologica. c) Sugiere, a la vez con delicadeza y con claridad, que si el mundo se salvó en aquel entonces de milagro (quien usó esta expresión no fue Francisco ni ningún correligionario suyo inclinado de por sí a creer en lo sobrenatural, sino el mismísimo Noam Chomsky, bastión del mejor racionalismo moderno) y se salvó en buena medida por la mediación de Juan XXIII entre Kennedy y Jrushov, los dirigentes de las dos potencias nucleares que estuvieron a punto de jalar el gatillo y hacer saltar el mundo en pedazos, sin embargo, el deseo mayor del papa bueno, la instauración de una auténtica paz que fuera algo más que no-guerra, quedó frustrado. De manera implícita pero obvia, Francisco manifiesta su esperanza de que, en esta ocasión, podrá la humanidad, no sólo evitar la catástrofe que la amenaza, sino, ahora sí, instaurar una verdadera “ecología integral” que será además la verdadera paz que anhelaba san Juan XXIII.

Esta sección introductoria se cierra con la reiteración por parte del papa Francisco de lo que ya había dicho en los primeros párrafos de la encíclica y seguirá machacando a lo largo de todo el texto: “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta”.


La Defensa de la Madre Tierra/II. El Papa Francisco y Ayotzinapa

Escrito por Laudatosi 29-10-2015 en Madre Tierra. Comentarios (0)

En esta serie de artículos sobre la encíclica Laudato Sí del papa Francisco y sus otros pronunciamientos –y acciones- relacionados, no seguiremos un orden sistemático y exhaustivo de los temas, que sería más propio de una cátedra de postgrado, sino un orden (si así se le puede llamar) más azaroso y atento a los acontecimientos del momento, como corresponde a las páginas de un periódico y que, además, puede ayudar a reflejar mejor la enorme riqueza de la encíclica que, como ya lo habíamos señalado y lo advierte su mismo autor, está muy lejos de circunscribirse a la temática que convencionalmente se denomina “verde” o “ecológica”.

Por tanto, ¿qué tema más apropiado que éste en estos días en que acaba de conmemorarse el primer aniversario de los trágicos e indignantes sucesos de Ayotzinapa? No se trata ciertamente de una relación o referencia directa de Francisco al caso de Ayotzinapa. Aunque circularon versiones de que una delegación de padres y madres de los estudiantes normalistas buscarían una entrevista con el papa durante su viaje a los Estados Unidos, ese frustrado intento, aun en el caso de que se hubiera dado, no habría sido lo más importante. Más aún, aunque es comprensible y hasta estimulante que el impacto global que están teniendo Francisco y sus acciones se manifieste en el deseo de encuentros de este tipo, en realidad el esperar mucho de su eventual intervención directa en algún problema más bien contradice el verdadero espíritu de lo que el papa argentino está promoviendo: que cada uno de nosotros asuma el papel que le corresponde en esta lucha que es muy probablemente la cuestión más urgente de nuestro tiempo.

Lo verdaderamente importante es la relevancia para el caso Ayotzinapa de lo que ha dicho y escrito Francisco en otros contextos, relevancia tan grande que parece que sus palabras fueron dichas para nuestro caso específico. E, inversamente, un caso como el de Ayotzinapa nos permite resaltar con enorme fuerza el vínculo indisoluble que Francisco insiste una y otra vez que no debemos olvidar: La correspondencia entre la violencia que se hace a la madre tierra y la violencia que se ejerce contra los más pobres, vulnerables y descartables para el sistema económico vigente; consecuentemente, también están indisolublemente unidas la lucha por defender la madre tierra y la lucha por la justicia, la paz y la democracia.

El texto de la encíclica de Francisco prácticamente se inicia con el clamor de la madre tierra que, según el texto de San Pablo, “gime y se agita con dolores de parto”. Inmediatamente unido a eso y con una lógica a la vez normal y apabullante, aparecen los hijos también heridos de la madre tierra. En efecto, ¿puede uno lamentarse por la madre sin lamentarse por los hijos? e, inversamente, ¿puede uno preocuparse por la suerte de los hijos sin preocuparse por la suerte de la madre? Si la madre se enferma no tendrá fuerza para alimentar a sus hijos y si no se atiende madre e hijos acabarán pereciendo juntos. La encíclica nos recuerda el gemido de la madre tierra por su propio dolor pero no es difícil encontrar en la experiencia común de la humanidad y en los mismos textos bíblicos que tanto reflejan esa experiencia el otro llanto de la madre, no por sí misma sino por sus hijos; de las profundidades de la historia de Israel nos llega el clamor cuyos ecos reverberan en las madres de Ayotzinapa y en todas las demás madres de los miles de jóvenes asesinados y desaparecidos en México:  “Una gran voz fue oída en Ramá; grande llanto y lamentación. Es Raquel que llora por sus hijos, y no quiere ser consolada, porque ya sus hijos han desaparecido” (Mt. 2, 18).

En el encuentro que Francisco tuvo con organizaciones indígenas y sociales en Bolivia unos días después de haber publicado su encíclica, el papa preguntó a los presentes:

“Hay un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones e injusticias que hemos considerado juntos ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?”

Ya sea que detrás de la barbarie de Ayotzinapa esté el narcotráfico de las grandes alturas político-militares, como sugirió el GIEI, o la contrainsurgencia, como piensan muchos otros, la explicación que ofrece Francisco con una certeza absoluta se aplica al caso mexicano a la perfección: “un sistema que ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo”. Y otra de la expresiones que utiliza constantemente el papa hasta podría arrojar una luz nueva sobre el verdadero sentido, un sentido oculto, de las palabras de los funcionarios públicos que, a pesar de todas las pruebas en contrario, siguen insistiendo en el basurero de Cocula como el último destino de los estudiantes. El papa habla de “la cultura del descarte”. ¿No será que la presencia de esa cultura en el fondo de la conciencia (o la inconciencia) de esos funcionarios es lo que se manifiesta en esa postura que, si no corresponde a la realidad sí corresponde a sus más íntimos deseos: poder mandar a la basura a todos los que estorban sus ganancias?

Finalmente, la relevancia de las palabras de Francisco no se queda nada más en la realidad global de ese sistema de exclusión que genera crímenes como el de Ayotzinapa, sino que desciende a lo específico del tema de la educación que está detrás también de todo el movimiento magisterial. En su otra encíclica anterior a Laudato Si- “El Gozo del Evangelio” (y que conviene leer conjuntamente) Francisco escribe estas palabras lapidarias:

“Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres de sus propios males y pretenden encontrar la solución en una «educación» que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en sus gobiernos, empresarios e instituciones, cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes.”

¿Qué dirán de esto los televisos, antaño tan papistas…?


La Defensa de la Madre Tierra/I Llamada urgente y escasa respuesta

Escrito por Laudatosi 29-10-2015 en Madre Tierra. Comentarios (0)

No podemos decir que la Carta Encíclica del papa Francisco sobre la defensa de nuestra hermana madre tierra, dada a  conocer a mediados de año, haya pasado totalmente desapercibida. Sin embargo sí podemos y hasta debemos decir que la atención que se le ha prestado se queda corta, muy corta, en comparación con la importancia que tiene dicho documento y la urgencia de las cuestiones que ahí se retoman.

Se podría comparar al papa Francisco con un capitán de barco que toma el mando en un momento crítico en que la nave que conduce está empezando a naufragar. Salvo una pequeña minoría el resto de la tripulación y de los pasajeros dan la impresión de estar totalmente inconscientes del peligro que los acecha, a pesar de que hay señales inconfundibles de que algo muy grave está pasando. Incluso una parte de los tripulantes, ante las voces de alarma que da la minoría insisten en que no pasa nada, en que las pequeñas dificultades que hay se arreglarán si todos los pasajeros confían en ellos y los dejan seguir con el mismo plan de navegación – que es el que, según se ha dado cuenta la minoría conciente, los ha llevado a la crítica situación en que se encuentran. En medio de todo esto, la voz del capitán es clara e inconfundible: la nave no solo está en peligro de hundirse, ya comenzó a zozobrar. Les hace ver a los ocupantes de los niveles superiores de la nave, que los niveles más bajos, donde viajan los pasajeros más pobres, ya está haciendo agua desde hace un buen rato. ¿No se dan cuenta que los que viajan en tercera y cuarta clase han estado tratando angustiosamente de pasarse a las clases superiores aún con grave riesgo de sus vidas, un riesgo que se multiplica exponencialmente dada la terquedad e insensibilidad de los que viajan en primera clase que insisten en rechazarlos hasta por medio de la violencia? La voz del capitán es firme e inequívoca: todos deben hacer algo de inmediato, si no, todos perecerán, no solo los más pobres que ya han empezado a sentir todo el rigor de la situación. Incluso a algunos de los que sí están concientes pero que creen que el peligro es para las futuras generaciones les hace ver que el peligro ya está sobre nosotros. Las palabras textuales de la Encíclica de Francisco son las siguientes:

“Las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad. El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones. La atenuación de los efectos del actual desequilibrio depende de lo que hagamos ahora mismo, sobre todo si pensamos en la responsabilidad que nos atribuirán los que deberán soportar las peores consecuencias” (no. 161).

Pero, a pesar de la situación verdaderamente angustiosa, la voz del capitán del barco (de quien lleva el timón de la nave de Pedro, podríamos decir con una metáfora más antigua aún) no es alarmista ni señala solamente lo negativo. No, su voz es una voz llena de esperanza y hasta de alegría. Con la misma certeza y seguridad con las que señala el peligro, y quizás hasta con mayor autoridad todavía, reconforta y fortalece a sus compañeros de viaje con la convicción, firme e inconmovible como la roca de Pedro, de que sí se puede. Nos recuerda la grandeza y magnificencia del plan original de navegación y que el Autor de ese plan no nos va a abandonar a nuestra suerte (aunque a veces parezca que se ha quedado dormido). Y nos hace ver que el mismo esfuerzo para salvar a la nave del naufragio, esfuerzo cuyas enormes dificultades no oculta, es ya una aventura maravillosa. De hecho los problemas del barco en buena medida surgieron por haber olvidado ese plan original y por poner atención, no a la belleza del mar y de los cielos, sino a multitud de insignificancias que solo han cargado el peso de la nave y deteriorado su estado por su incompatibilidad con ese plan original. El papa pone de ejemplo a San Francisco de Asís, el mismo que le inspiró a tomar ese nombre como pontífice, que pudo ser “más con menos”. Al renunciar a lo superficial y concentrarse en las cosas básicas de la existencia: el agua, la tierra, el sol, las flores, las aves… y el amor que creó todo eso para nosotros (pero para cuidarlo y disfrutarlo no para explotarlo desconsideradamente) Francisco alcanzó una felicidad que pocos seres humanos han alcanzado. Su homónimo y discípulo ochocientos años después de él, nos despierta con un llamado que puede parecer angustioso pero que reverbera con la  misma alegría del que fue llamado el pobrecillo de Asís: “Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza”. 

El nombre completo de la encíclica del papa Francisco es “Laudato sí*. Sobre el cuidado de la casa común”. Pero como dice el mismo Francisco desde el mero principio (y como espero que haya quedado claro en esta breve introducción) la encíclica no es nada más sobre ecología. En una de sus frases más dramáticas dice que el problema de la contaminación de la tierra es inseparable del problema de la explotación, marginación y hasta descarte de los pobres. Se puede considerar una encíclica verde a condición de darse cuenta de que se encuentra en el extremo opuesto de esos autollamados verdes que pretenden defender a los animales de los circos mientras piden la pena de muerte para los humanos y se revuelcan ellos mismos en la corrupción. La encíclica es de una enorme riqueza en los temas que trata, en los análisis que nos ofrece y en las grandes líneas (que no recetas) que nos da para la acción. Vale la pena, mejor dicho, es indispensable leerla, meditarla y ponerla en práctica. Su riqueza es inmensa. Con este artículo queremos empezar una serie de escritos a fin dar más elementos y de animar a los lectores de Mirada Sur para poner manos a la obra de defender y cuidar nuestra casa común.

* Laudato sí son palabras italianas que significan alabado seas y están tomadas del cántico en el que Francisco de Asís alaba a su Señor por haber creado a nuestra hermana madre tierra, a la hermana agua, al hermano sol y a todas las creaturas que son nuestras hermanas