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Temas Varios

La Declaración Universal de Derechos Humanos y el retorno del nazismo

Escrito por Laudatosi 10-12-2016 en Enlaces externos. Comentarios (0)

Una versión más breve sobre este tema se puede encontrar en La Jornada en: La Declaración Universal de Derechos Humanos

El momento México de la Declaración Universal de Derechos Humanos

(o La Declaración Universal de Derechos Humanos y el retorno del nazismo)

El proceso de elaboración de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que el 10 de diciembre cumple 68 años de haber sido aprobada y proclamada por la Asamblea General de la ONU, tuvo un momento crítico en la II Conferencia Internacional de la UNESCO que se realizó en la ciudad de México en noviembre de 1947. El papel de México fue más como escenario y anfitrión pero vale la pena echar un vistazo a lo que se dijo aquí, no sólo por el interés histórico sino por la trascendencia actual.

La redacción de la declaración fue confiada por las Naciones Unidas al Consejo Económico y Social de la ONU (ECOSOC) que creó en junio de 1946 la Comisión de Derechos Humanos, comisión que a su vez nombró un comité redactor de 8 personas encabezadas por Eleanor Roosevelt; a la UNESCO se le encomendó paralelamente, la tarea de elaborar la fundamentación filosófica de la declaración. La II Conferencia Internacional de la UNESCO tuvo lugar en la ciudad de México a principios del mes de noviembre de 1947. Fue ahí donde se destrabó el proceso de la Declaración Universal, donde se redefinieron con precisión su alcance, sus límites y los desafíos para el futuro y donde en definitiva se le dio el impulso final.

La tarea encomendada a la UNESCO resultó, como era previsible, más difícil que la encomendada al ECOSOC. Ya era bastante difícil que personas de orientaciones políticas contrapuestas, de diferentes credos religiosos o filosofías, de tradiciones culturales apartadas por océanos de espacio y tiempo se pusieran de acuerdo en una lista de derechos humanos básicos y comunes a toda la humanidad. Pero a pesar de la enorme dificultad esta tarea se logró. Mas lo que resultaba literalmente imposible era ponerse de acuerdo en cuáles eran los fundamentos filosóficos de esa lista. Como comentó uno de los redactores: “estamos de acuerdo mientras no nos pregunten por qué[1].

Ése era el estado de la cuestión cuando la UNESCO sesionó en México y el delegado de Francia, el filósofo católico Jacques Maritain, inauguró la conferencia con un discurso precisamente sobre “Las posibilidades de cooperación en un mundo dividido”[2]. La solución propuesta por Maritain al obstáculo que enfrentaba la UNESCO fue: si no nos podemos poner de acuerdo sobre el por qué, dejemos el por qué para otra ocasión. No parece que hiciera falta gran ciencia para proponer esa respuesta, hasta parecería uno de esos acertijos de broma donde la respuesta está en la pregunta, como aquella que inquiere sobre el color era el caballo blanco de Napoleón? Sin embargo en torno a este punto había demasiadas expectativas u objeciones; muchos, bajo la influencia del director general de la UNESCO, Julián Huxley, de orientación más científica que filosófica, se inclinaban por olvidarse del asunto de los derechos humanos y dedicarse más bien a recoger estadísticas y a proponer programas de apoyo a las necesidades materiales más elementales[3]. Pero como que no podían simplemente quedar en el aire cuestiones relativas a la naturaleza de los derechos humanos, a la forma cómo se conocen, a su vinculación o no vinculación con una filosofía iusnaturalista, a su jerarquización y a sus relaciones recíprocas, a la forma de llevarlos a la práctica, cuestiones todas sobre las que podían escribirse libros y más libros. De hecho Maritain había escrito esos libros, por lo que su presencia ahí, que tenía algo de fortuita, parecería más bien providencial. Con sus planteamientos dejó satisfechos a los delegados y, lo más importante, enmarcó la cuestión de tal manera que más que quitarles una tarea burocrática les encomendó una misión trascendente.

Las historias de los derechos humanos suelen explayarse sobre sus diversos antecedentes u orígenes, desde las teorías del contrato social, los debates sobre el iusnaturalismo, la declaraciones de las revoluciones del siglo XIX, hasta la Carta Magna, la ley natural de los filósofos aristotélicos y los equivalentes en las culturas no occidentales, pero apenas mencionan de pasada el momento histórico en el que se fraguó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Sin embargo el significado de ese momento, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, es de capital importancia para entender el significado y la trascendencia de la declaración. Es un hecho comprobado una y otra vez que los momentos de más graves violaciones de derechos humanos son simultáneamente los momentos en los que la humanidad adquiere una conciencia más aguda de ellos[4]. La Declaración Universal de los Derechos Humanos se promulgó como una respuesta a los horrores del nazismo. Pero no era nada más el pasado lo que tenían en la mira los redactores. El pasado inmediato y el futuro inmediato se fundían en un presente lleno de angustias y premoniciones. Los pueblos de la tierra no habían salido de las tinieblas de la guerra contra Alemania cuando ya se cernían sobre ellos los nubarrones de una nueva guerra (entre los EU y la URSS) que amenazaba ser aún más terrible por el terror nuclear revelado apenas un par de años atrás en Hiroshima y Nagasaki. Una declaración conjunta sobre los derechos humanos era una de las pocas- y además frágiles- esperanzas para conservar la paz.

Maritain había visto con absoluta lucidez los dos caminos divergentes que se abrían ante el mundo, en particular ante aquella porción del mundo autodenominada mundo libre, después de la derrota del nazismo: o prolongaba en la paz la cooperación con el mundo comunista que había permitido esa victoria o, derrotado militarmente el nazismo se volvía contra su antiguo aliado, la URSS y contra todos los que pudieran etiquetarse como comunistas. El primer camino estaba erizado de dificultades, la coexistencia pacífica con los comunistas no sería fácil, pero era el único camino hacia la paz. Para emprenderlo era necesario, además de reconocer el enorme sacrificio de sangre que había costado al pueblo ruso detener el avance oriental de Alemania, encontrar puntos prácticos de acuerdo más allá de las innegables-e insuperables- diferencias ideológicas. De ahí la importancia de algo como la declaración de los derechos humanos. El otro camino, era el camino de una nueva guerra, era el camino que incluso ya parecía inevitable en esos momentos. Maritain recogió con dramático realismo la situación del momento para increpar a los reunidos en la ciudad de México:

“Nuestra Conferencia se reúne en un momento particularmente grave de la historia del mundo; en un momento en que nos hallamos ante crecientes tensiones y antagonismos internacionales, cuyos peligros no podemos ignorar, y cuando vastos sectores de la opinión pública están a punto de caer víctimas de la obsesión del espectro de la catástrofe de la catástrofe y de la guerra que es inevitable. La angustia de los pueblos estalla como las olas al romper en todas las riberas”.

Y los exhortaba:

“¿No deberán, aquellos que están dedicados a las obras del espíritu y que sienten la responsabilidad de su misión… repudiar la muerte y la desdicha que, a pesar de una extraña y aparente pasividad más se asemeja a la desesperación que a la fortaleza del alma, y que conmueve las más recónditas profundidades de la conciencia humana? ¿No habrán de proclamar que resignarse al desastre es la peor de las locuras? ¿Qué el miedo y los reflejos engendrados por el miedo, si nos entregamos a ellos, atraen los peligros más temidos?... ¿No deberán, aunque sólo sea por el honor del género humano, apelar a la conciencia de la humanidad, que debe despertar, y de la que depende todo el resultado de esta lucha contra un suicidio colectivo y el establecimiento real de la paz?”[5]

Unos años antes de la Conferencia de la UNESCO, todavía en medio de la guerra y con su país todavía bajo la bota nazi, Maritain había escrito desde su exilio en Estados Unidos anticipando el dilema en el que se encontraría el mundo tras derrotar militarmente al nazismo. Apuntaba que, en efecto, esa victoria sería militar, pero sólo militar, que hacía falta ir a las raíces del nazismo y de lo que había provocado la guerra. Y añadía algo que resultó una profecía, de la que hoy, más de medio siglo después, estamos viendo el desarrollo de las últimas consecuencias: Negarse a la reconciliación con los comunistas y perseguir en cambio el camino de la confrontación de fuerza contra ellos, implicaba invocar el auxilio de “los demonios de la Alemania racista[6]” y así, “después de haber vencido militarmente al fascismo y al nazismo, se arriesgaría a ser moralmente vencida por sus sucedáneos”[7].

No hace falta preguntarse cuál de los dos caminos escogió el mundo pues es evidente. En su discurso en México Maritain reconoció que ya en esos momentos había menos esperanzas “que inmediatamente después de obtener la victoria”. El mundo libre encabezado y azuzado por los EU eligió el camino de la confrontación, abriendo paso a la tercera guerra mundial que, aunque milagrosamente no llegó (o ¿no ha llegado?) a la confrontación nuclear, quedándose en “guerra fría”, pisoteó y sigue pisoteando las esperanzas de paz. Y, como lo previó Maritain, cuando uno invoca a los demonios los demonios acuden. No es que hayan aparecido hasta ahora. América Latina y los pueblos que luchaban por su descolonización los experimentaron desde el primer momento: Estados Unidos que para la Europa oprimida por el nazismo se presentaba con el rostro del libertador, para aquellos llevaba el rostro del opresor; no sólo sus métodos de represión sino incluso en ocasiones hasta sus aliados de carne y hueso (como en Argentina, Chile y Paraguay) eran la viva imagen de los nazis supuestamente derrotados del otro lado del Atlántico (por cierto aun cuando ya habían transcurrido décadas de esta realidad equívoca Juan Pablo II fue incapaz de descifrarla en Nicaragua y, de hecho, en toda América Latina). Mas volviendo a los demonios invocados para combatir el comunismo, a los EU (y también a los países europeos)  les sucedió lo que a todos los que hacen pacto con el diablo, creen que lo pueden mantener a distancia hasta que un día se les aparece en su propia casa y les enseña su verdadero rostro: Economía en manos de las corporaciones; política y seguridad interior en manos de los militares, el racismo como ideología y la designación de un pueblo vulnerable como chivo expiatorio.

Habiendo el mundo completado virtualmente el círculo completo, las palabras escritas o pronunciadas por Maritain hace más de medio siglo, resuenan como si las hubiera dicho ayer:

“La grande y terrible guerra que acaba de terminar fue hecha posible por la negación del ideal democrático de la dignidad y la igualdad y del respeto por la persona humana, y por la voluntad de sustituir tal ideal – haciendo valederos la ignorancia y los prejuicios – por el dogma de la desigualdad de las razas y de los hombres.”[8]

“A falta de algo mejor, la Declaración de Derechos Humanos es una promesa para los explotados y oprimidos de toda la tierra, el principio de los cambios que el mundo necesita”.[9]

 


[1]Este comentario lo retoma Jacques Maritain al comienzo de la Introducción que escribió para la memoria de las consultas realizadas por la UNESCO sobre el tema de los derechos humanos: Human Rights. Comments and interpretations. A symposium edited by UNESCO. París, Julio de 1948. Se puede encontrar en <unesdoc.unesco.org/images/0015/001550/155042eb.pdf>

[2]Posibilidades de cooperación en un mundo dividido. Mensaje inaugural a la II Conferencia Internacional de la UNESCO. 6 de noviembre de 1947. Publicada como el Cap. XIII en Maritain, Jacques, El alcance de la razón. Emecé Editores, Buenos Aires 1959.

[3]De hecho, Julián Huxley, hermano del novelista Aldous Huxley y heredero de una notable tradición de estudios científicos en la línea del evolucionismo darwiniano, no estaba exento de la tentación de aplicar el darwinismo a la sociedad. Al parecer antes de la guerra había sido un entusiasta promotor de la eugenesia, pseudociencia que creía en la posibilidad de la selección biológica de los más aptos,  y que quedó temporalmente desacreditada durante la guerra por la cercanía de sus tesis con las del racismo hitleriano.  Ciertamente no hay ni qué comparar la “calidad” moral de Hitler con la de un personaje tan universalmente respetado y estimado como Sir Julian Huxley, pero eso mismo es un indicador de que, en el nivel de las ideas por lo pronto,  el abismo que separaba a unos de otros no era tan grande como hubieran querido pensar las buenas gentes “defensoras del mundo libre”. De cualquier manera emitimos un suspiro de alivio por el hecho providencial de que alguien como Maritain haya estado ahí para impulsar la UNESCO más en la dirección de defender la dignidad y la igualdad humanas que en la de convertirse en un grupo de élite que, desde las alturas, recababan estadísticas y preparaban programas de racismo light para ‘mejorar’ a los de abajo. 

[4]Ver: Maritain, Human Rights op.cit. pag IX

[5]Posibilidades de cooperación, op.cit. pag. 274 y 275

[6]Jacques Maritain. Cristianismo y Democracia. Editorial La Pléyade. Buenos Aires, Argentina, 1971. pag. 95

[7] Ibid. pag. 12

[8]Declaración de Principios de la UNESCO contenida en el preámbulo redactado en la Conferencia de Londres, citada por Maritain en Posibilidades de cooperación, op.cit. pag. 287

[9]Maritain, Human Rights op. cit. pag IX.


“Como criminales impotentes ante un poder criminal”

Escrito por Laudatosi 03-06-2016 en Temas Varios. Comentarios (0)

Homenaje a dos jesuitas que se nos adelantaron este año en el camino de la paz: Fernando Cardenal y Daniel Berrigan… y a otros que han transitado o todavía transitan por ese camino.

Una versión resumida de este artículo puede verse en La Jornada:

Como criminales impotentes ante un poder criminal

Fernando Cardenal SJ + 20 de febrero de 2016

“Como criminales impotentes ante un poder criminal”. Esta frase describe a la perfección la situación en la que suelen encontrarse en nuestro país a quienes defienden sus más elementales derechos o los de sus comunidades frente a unas autoridades que criminalizan la protesta social siendo ellas mismas cómplices de verdaderos criminales. Desde los maestros protestando contra una reforma educativa a la que lo último que parece importarle es la educación, hasta los familiares de desaparecidos que lo único que quisieran es ver con vida a sus seres queridos o al menos saber con certeza qué les pasó, pasando por las guardias comunitarias (la comandante Nestora, por ejemplo), los grupos de autodefensa (los que se resistieron a asumir el guión preparado para ellos por el gobierno, como el doctor Mireles) los defensores de la tierra y el territorio, los denunciantes de la deforestación que son acusados de ser talamontes, los periodistas que denuncian corrupción y complicidades y acaban asesinados entre insinuaciones de que la culpa hay que buscarla en ellos (o ellas) mismos; todos estos son, han sido y siguen siendo tratados “como criminales impotentes ante un poder criminal”.

Pero aunque la frase cae como anillo al dedo a la situación actual de México en realidad proviene de las entrañas del imperio; se la debemos a un jesuita norteamericano que acaba de fallecer a la edad de 94 años: Daniel Berrigan, quien se convirtió en una leyenda viviente de la protesta contra las guerras (empezando por la guerra de Vietnam) y la carrera armamentista auspiciadas por su país, con las acciones simbólicas de desobediencia civil que una y otra vez lo llevaron a la cárcel e inspiraron a cientos de opositores a la guerra; acciones como quemar con napalm los registros de reclutamiento del ejército, derramar sangre y dañar las verdaderas armas de destrucción masiva que por supuesto no se guardaban en Irak sino en los Estados Unidos. Ante el juez que lo sentenció por la primera de estas acciones Daniel Berrigan pronunció las palabras: “Hemos elegido ser tratados como criminales impotentes por un poder criminal. Hemos elegido ser indiciados como criminales de la paz por los criminales de la guerra”. A los empleados de las bases militares donde efectuaron estas acciones, haciendo referencia al napalm con que ellos quemaron los archivos pero con el que el ejército estadounidense quemaba a los aldeanos vietnamitas, les dijo con una terrible ironía que parecería venir de otro mundo: “Nuestras sinceras disculpas queridos amigos, por venir a perturbar la paz y el orden, por quemar papeles en vez de niños”.

La muerte de Daniel Berrigan nos trae a la memoria la de otro jesuita también recientemente fallecido (a finales de febrero pasado) que también optó radical y definitivamente por ponerse del lado de los pobres, de las víctimas de este sistema de muerte: el nicaragüense Fernando Cardenal. De él escribió otro jesuita, el mexicano Arnaldo Zenteno que optó por irse a vivir a Nicaragua y se convirtió en su compañero y hermano de comunidad: “En tiempo de Somoza Fernando hizo la denuncia de la dictadura y de sus  torturas. Y en esos años, participó activamente en la toma profética de las Iglesias denunciando a Somoza. Después del triunfo de la Revolución y después de la  Cruzada de Alfabetización (que él organizó e impulsó y que movilizó a 60 mil jóvenes y también a adultos y que logró se bajara el analfabetismo del 60 al 13 %) fue Ministro de Educación procurando siempre una educación de calidad. En los últimos años esto mismo lo prolongó al dirigir Fe y Alegría que en Nicaragua tiene 21 colegios  en Barrios y Comarcas muy populares”. En tiempos más recientes y tras la vuelta al poder de Daniel Ortega, Fernando escribió: “Me da tristeza ver la profunda y amplia corrupción en la vida política del país. Y más me entristece que algunos altos dirigentes del Frente Sandinista de Liberación Nacional participen de esta corrupción, con lo que frustraron las esperanzas que el pueblo había puesto en ellos para conseguir su liberación”.

Además del ser jesuitas y de su vocación revolucionaria y profética Fernando Cardenal y Daniel Berrigan tienen en común el haber tenido sendos hermanos también sacerdotes pero no jesuitas, que siguieron el mismo camino que sus hermanos: Felipe Berrigan y Ernesto Cardenal; y como en el caso de Ernesto, Daniel Berrigan hizo de la poesía un aliado inseparable de su activismo. Otra veta común entre los Berrigan y los Cardenal es que tanto Daniel como Ernesto tuvieron como amigo y mentor a Tomás Merton, otro monje poeta-profeta que fue una de las primeras voces, si no es que la primera, que se levantó dentro de Estados Unidos en contra de la guerra de Vietnam. Tomás Merton fue quien le inspiró a Ernesto Cardenal la idea de fundar la comunidad de Solentiname, semillero de campesinos teólogos, pintores y poetas, además de decididos opositores al régimen de Somoza (lo que a la larga condujo al fin de la comunidad cuando el dictador envió sus aviones a bombardear la isla). De hecho Merton soñaba con dejar su monasterio en Estados Unidos para irse a vivir a Nicaragua compartiendo con su discípulo, amigo y colega “poeta trapense” esa utopía de  un nuevo estilo de vida contemplativa en medio de la poesía y de los campesinos; pero una intempestiva y extraña muerte se lo impidió. Mientras hacía un viaje por el Lejano Oriente persiguiendo su otro gran sueño, el de compartir la experiencia de la vida contemplativa con monjes budistas, murió electrocutado por ventilador en un hotel de Tailandia (ver nota al final del artículo).

Ya encarrerados con los puntos de convergencia entre los jesuitas Berrigan y Cardenal (complementados por los de sus hermanos) no es posible dejar de mencionar a los jesuitas de la UCA asesinados en El Salvador en 1989, a quienes Daniel Berrigan visitó unos años antes de su muerte. Los esfuerzos a favor de la paz de estos jesuitas, particularmente Ignacio Ellacuría, habían concitado contra ellos la ira de los sectores más represores del gobierno. Y, por una paradoja muy acorde con el misterio de la cruz, fue este crimen, con la ola de indignación internacional que se levantó, lo que contribuyó de manera determinante a que por fin se abriera el proceso de diálogo entre el gobierno y la guerrilla.

El mundo de hoy bajo el control del poder criminal.-

En una carta escrita a Ernesto Cardenal en 1962, curiosamente (¿proféticamente?) cuando el nicaragüense venía en camino a México, Merton le decía: “El mundo está lleno de grandes criminales con enorme poder, y están en una guerra a muerte unos contra otros. Es una enorme guerra de cárteles, que utiliza a abogados, policías y clérigos como pantalla, controlando periódicos, medios de comunicación y enrolando a todo mundo en sus ejércitos”.

Cerca de medio siglo después, en una de las últimas entrevistas que se le hicieron, Daniel Berrigan decía: “Este es realmente el peor tiempo de mi larga vida. Nunca había visto una violación tan vil y tan cobarde de todo vínculo humano respetable. Estas gentes aparecen en la televisión y su lema implícito, nunca expresado abiertamente, parecería ser algo así como: ‘Los despreciamos a ustedes. Despreciamos su ley. Despreciamos su orden. Despreciamos su Dios. Despreciamos su conciencia. Y si es necesario los mataremos para dejárselos claro’. Nunca había sentido ese profundo desprecio por toda tradición o código humano”.

Y a pesar de todo, la esperanza.-

A pesar de tan negro panorama Daniel Berrigan se negaba a creer que las puertas estaban cerradas a toda acción alternativa: “Hay que hacer el bien no porque vaya a algún lado sino porque es el bien… Creo que si hacemos el bien en ese espíritu irá a alguna parte, aunque yo no sepa a dónde”.

El caso de los jesuitas salvadoreños masacrados en 1989 es un buen ejemplo de esa gran verdad. El bien que ellos hacían no se perdió con su asesinato sino que fructificó de una manera inesperada en el proceso que culminó con la firma de los tratados de paz. Los propios esfuerzos de Daniel Berrigan contra la guerra de Vietnam acabaron por dar fruto y hacer que terminara esa guerra. Es cierto que años después los Estados Unidos provocaron otras guerras, en Irak, Afganistán, Siria y que no han dejado de intervenir en otros países como lo hacían en El Salvador. También es cierto que la paz firmada en El Salvador ha dado paso a otra violencia no menos terrible que ahora azota al “pulgarcito de América”. Pero parece que vivimos en una época en que todo esfuerzo de paz debe ser recomenzado una y otra vez. Y el milagro es que todavía hay quien realiza ese esfuerzo y que quienes nos precedieron en el camino de la fe iluminan nuestro camino.

Fernando Cardenal por su parte, después de enumerar sus tristezas (que además de la ya citada a causa de la corrupción de la política, añadía la de la enorme pobreza en Nicaragua, la de la violencia contra las mujeres y los niños y la de la destrucción del medio ambiente) terminaba su “Testamento Espiritual” con estas palabras:

“A pesar de todas estas tristezas, soy un hombre de esperanza. El último capítulo de mis Memorias publicado hace dos años se llama: ESPERANZA. Para mí lo fundamental de ella es que creo profundamente en los jóvenes. Trabajamos juntos en la lucha contra la Dictadura Somocista desde el Movimiento Cristiano Revolucionario. Entonces fui testigo directo de su entrega, su mística, su valor ante el peligro de ser asesinados (14 perdieron la vida). Luego fui también testigo directo de las maravillas de valor y compromiso, en algunos caso hasta el heroísmo, de los 60.000 jóvenes voluntarios que se fueron a las montañas en la Cruzada Nacional de Alfabetización. Y después trabajé 5 años con la Juventud Sandinista, la juventud de la revolución. En estos tres escenarios encontré que los jóvenes tenían una fuerza interior muy grande y una entrega sin límites para trabajar en todas las tareas en beneficio del pueblo. A mí no me cuentan cuentos. Yo estuve con ellos y ellas. Ellos son mi esperanza. Sólo hace falta que la sociedad les ofrezca una causa grande, noble, bella, si es difícil, mejor, y que al frente de ella haya personas con autoridad moral. “YO ESPERO QUE LOS JÓVENES REGRESEN A LAS CALLES A HACER HISTORIA.”

Y ya que estamos hablando de jesuitas, hablemos del más popular de todos ellos en estos momentos, el papa Francisco. Sus palabras a los jóvenes parecen un eco de las de Fernando y lo que Fernando esperaba es precisamente lo que ha hecho Francisco en su encíclica Laudato Si y en varios encuentros con los jóvenes: ofrecerles “una causa grande, noble, bella, si es difícil, mejor”, la causa de la defensa de la hermana madre tierra, de nuestra “casa común”, recuperar, aunque parezca imposible bajo las sombras del poder criminal que sigue imponiendo sus leyes y destruyendo la tierra, el proyecto original de la Creación, de una madre bella y generosa que da vida a todos sus hijos.

En su discurso ante el Congreso de los EU Francisco mencionó a 4 estadounidenses que a su juicio encarnaban lo mejor de los ideales de ese país: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Tomás Merton. Es hartamente significativo que de los cuatro, tres hayan sido cristianos (2 católicos y un bautista) convencidos practicantes de la No-Violencia. Dorothy Day, fundadora del movimiento del “Trabajador Católico”, fue una mujer especialmente cercana a Merton y a Berrigan. En sus días estos dos sacerdotes profetas dijeron que se vieron obligados en conciencia a hablar y actuar por la paz ante el silencio, y a veces no solo el silencio sino la franca hostilidad de una jerarquía que había olvidado esta parte esencial de su misión. El hecho de que Francisco haya reivindicado a estos personajes ante el Congreso de los EU, está todavía lejos de significar que la jerarquía en su conjunto, e incluso la mayoría de los fieles católicos, asumamos esa responsabilidad. Pero es un gesto cuya trascendencia no puede ser ignorada: es un paso en la dirección correcta y un gran aliento de ESPERANZA.

En estos tiempos aciagos, figuras como las que hemos mencionado aquí, junto con las de las miles víctimas anónimas del sistema que heroicamente resisten, nos recuerdan lo que cantaba Mercedes Sosa, otra gran poeta latinoamericana:

¿Quién dijo que todo está perdido?

Yo vengo a ofrecer mi corazón.



[1] La muerte de Merton.-

Merton acuñó un término, “the Unspeakable” (que se podría traducir grosso modo como “lo indecible” o “lo innombrable”) para referirse a ese realidad terrible con la que dí inicio a este artículo: el poder criminal que parece regir los destinos del mundo y que convierte en criminales sin poder a los que se le oponen. “The Unspeakable” es el mal cristalizado en estructuras externas que nos dominan, pero también está dentro de nosotros, en nuestra incapacidad para enfrentar ese mal y el mal que anida en nuestro propio corazón. Otro discípulo de Merton y Dorothy Day, Jim Douglass, practicante de acciones de desobediencia civil como los Berrigan, retomó el término acuñado por Merton y lo aplicó al poder criminal oculto que maquinó y ejecutó los grandes asesinatos políticos de los EU en los años sesentas: el del presidente John F. Kennedy, el de su hermano Robert y el de los líderes negros Malcolm X y Martin Luther King, asesinatos que, lejos de lo que dicen las versiones oficiales, fueron cuidadosa y fríamente planeados, orquestados, ejecutados y encubiertos, por personas e instancias anidadas dentro de los más altos niveles del gobierno de los EU (decir que en todos esos casos la CIA fue responsable sería una excesiva simplificación, pero una simplificación que no está tan lejos de la verdad y que, en todo caso, nos permite imaginar de qué estamos hablando). La absurda muerte de Merton parecería cortada con la misma tijera del “Unspeakable”: el mismo año de los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King, la misma probable causal inmediata que en este último (la denuncia de la guerra de Vietnam) y el hacer aparecer una ejecución política como algo que no lo es (en el caso de Merton un “lamentable accidente”). Sin embargo y en honor a la verdad, debo decir que ni Jim Douglass, ni otras personas ligadas a Merton, ni su sitio ‘oficial’ en Internet, hablan de otra cosa que no sea el fortuito accidente. Quizá a algunos nos ha pasado como a la mula del refrán, que no era arisca pero la hicieron. Particularmente en México, donde el “poder indecible” campea a sus anchas, nos hemos acostumbrado a lo peor y cualquier explicación oficial nos despierta –justificadamente- sospechas. De cualquier manera, la muerte de Merton no deja de ser un misterio o, por lo menos, una cruel ironía. Y menciono aquí este punto no tanto por querer profundizar en ese caso particular, sino por introducir aquí el tema del “Unspeakable” o “Indecible” que, aunque padecemos en México cotidianamente, no ha habido- hasta donde sé- quien lo enfrente de una manera similar a como lo hacen Merton y Douglass. Espero poder contribuir a esto con algo más en el futuro.