Blog de Laudato Si

Blog en construcción

Este blog lo he creado para compartir mis análisis y reflexiones a partir de la encíclica Laudato Si del papa Francisco. Para comenzar…(sigue en la Introducción)

La Defensa de la Madre Tierra/VI Laudato Si y el ¡Ya basta! de los pueblos

Escrito por Laudatosi 29-11-2015 en Madre Tierra. Comentarios (0)

Después de enfatizar cómo los pobres de la tierra y su hermana la tierra misma son victimas del sistema global que sólo respeta la lógica del dinero, Francisco une su voz al clamor de los múltiples y multiformes ¡ya basta! que surgen desde las entrañas de la tierra a lo largo y a lo ancho de todo el planeta:


“Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra como decía San Francisco.” (Ibíd.).

Ese “sistema que se ha hecho global” que todos conocemos, Francisco no lo designa con los términos que comúnmente utilizamos como capitalismo o neoliberalismo, pero no cabe duda de que se está refiriendo a ese sistema que ha hecho un ídolo del dinero y del mecanismo mal llamado de “libre mercado”. Y si ese sistema es culpable de lo que nos aqueja evidentemente es imposible que las soluciones derivadas de él puedan salvarnos. Así Francisco rechaza sin ambages las falsas soluciones a la crisis ambiental que nos ofrecen (más o menos disfrazadas) los poderes de facto. Así por ejemplo, escribe que…

“Algunas de las estrategias de baja emisión de gases contaminantes buscan la internacionalización de los costos ambientales, con el peligro de imponer a los países de menores recursos pesados compromisos de reducción de emisiones comparables a los de los países más industrializados…(170). La estrategia de compraventa de « bonos de carbono » puede dar lugar a una nueva forma de especulación, y no servir para reducir la emisión global de gases contaminantes. Este sistema parece ser una solución rápida y fácil, con la apariencia de cierto compromiso con el medio ambiente, pero que de ninguna manera implica un cambio radical a la altura de las circunstancias. Más bien puede convertirse en un recurso diversivo que permita sostener el sobreconsumo de algunos países y sectores (171).”

Y si estas palabras tienen cierto tono de moderación, las siguientes no tienen ningún tapujo:

“No se pueden ignorar los enormes intereses económicos internacionales que, bajo el pretexto de cuidarlos [los ecosistemas tropicales], pueden atentar contra las soberanías nacionales. De hecho, existen «propuestas de internacionalización de la Amazonia, que sólo sirven a los intereses económicos de las corporaciones transnacionales»” (38).

Y a continuación, la puntilla, que una vez más parecería llevar dedicatoria para ciertos gobiernos de todos conocidos; es necesario, dice

“que cada gobierno cumpla con su propio e indelegable deber de preservar el ambiente y los recursos naturales de su país, sin venderse a intereses espurios locales o internacionales.” (38)

Podríamos seguir con una larga lista de citas de muy alta relevancia, pero con esto es más que suficiente para mostrar por dónde va la palabra de Francisco. Más bien, antes de terminar quisiera avocarme a responder una posible pregunta. Quizá alguien podría decir: Todo eso está muy bien y qué bueno que el papa nos apoye, pero todo eso (o casi todo) ya lo sabemos nosotros y lo hemos dicho y repetido hasta el cansancio, ¿no hay algo nuevo o diferente que el papa aporte a nuestras luchas? A tal pregunta hipotética respondo que sí, que sí lo hay y con las limitaciones presentes de tiempo y espacio esbozo tan sólo algunas de las muchas posibles respuestas:

1) Francisco nos ha regalado no sólo unas palabras (escritas o pronunciadas) de apoyo a nuestras luchas sino toda una serie de acciones significativas y articuladas que son todo un modelo de acción personal y de activismo social. Desde un profundo cambio de actitud personal hasta la lucha en las instancias internacionales (como la que se planteó en el foro con respecto al Protocolo de Nagoya) pasando por las acciones familiares, vecinales, regionales y naturalmente de las organizaciones sociales, creo que aquí hay muchas enseñanzas de las que podríamos y deberíamos beneficiarnos. Y en todo ello está presente un principio básico que todos compartimos: “Si los ciudadanos no controlan al poder político –nacional, regional y municipal –, tampoco es posible un control de los daños ambientales” (179). Pero Francisco va todavía más a las raíces; no sólo los ciudadanos organizados deben controlar al poder político, sino que cada ser humano se debe controlar a sí mismo, porque si bien la violencia que destruye a la tierra y a los pobres está como cristalizada en un sistema, también es cierto que está como agazapada “en el corazón humano, herido por el pecado” (2).

2) El movimiento en defensa de la tierra se ha desarrollado generalmente de abajo hacia arriba y no tanto a partir de grandes teorías e ideologías sino a partir de experiencias concretas. Frente a esta realidad algunos se preguntan si no será necesario articular todas estas experiencias parciales en una gran visión global, pero al mismo tiempo recelan de que un intento de lograr esto pueda dar lugar a otra imposición ideológica más. Creo que los planteamientos de Francisco pueden ser un significativo aporte, más allá de las ideologías para obtener esa visión global. Tal vez algunos objeten que la visión del papa quizá no sea ideológica pero en cambio es teológica (lo que para algunos sería todavía peor). Pero si se lee la encíclica sin prejuicios se verá que el papa en ningún momento trata de imponer su teología y en cambio ofrece, con gran respeto a la diversidad, bases ético-humanas que podrían ser aceptadas como punto de partida por todas las personas que de buena voluntad desean defender nuestra casa común.

3) A título personal, pero creo que muchos compartirán esto conmigo, creo que la mayor aportación que nos hace Francisco a los que de una u otra manera luchamos por la defensa de la tierra y de sus guardianes naturales que son los indígenas y los pequeños agricultores campesinos es la esperanza. Confieso que aunque hace mucho tiempo me preocupan los problemas ecológicos en ocasiones me abstengo de leer noticias relacionadas con el tema, pues cuando lo hago acabo deprimido: que si tantos millones de hectáreas de bosque en el mundo se destruyen cada día, que si en la Amazonia desaparece cada minuto el equivalente a 10 campos de futbol, que si las reservas de agua se contaminan, que si los transgénicos destruyen la biodiversidad, que si el Ártico se derrite y los osos polares andan como almas en pena haciendo equilibrios en fragmentos de hielo… ¿Para qué leer más? ¿O para qué seguir con más ahora mismo? Ahora bien a mi modo de ver Francisco logra algo verdaderamente notable. No nos pinta un panorama color de rosa; todo lo contrario, con implacable objetividad nos dice que:

“Las predicciones catastróficas ya no pueden ser miradas con desprecio e ironía. A las próximas generaciones podríamos dejarles demasiados escombros, desiertos y suciedad. El ritmo de consumo, de desperdicio y de alteración del medio ambiente ha superado las posibilidades del planeta, de tal manera que el estilo de vida actual, por ser insostenible, sólo puede terminar en catástrofes, como de hecho ya está ocurriendo periódicamente en diversas regiones” (161).

No sólo eso, “parecen advertirse síntomas de un punto de quiebre” que anuncian nuevas y mayores catástrofes naturales (61) y además “el agotamiento de algunos recursos, va creando un escenario favorable para nuevas guerras” (57). El problema no es para las generaciones futuras sino que está ya afectando a millones de seres humanos, por ejemplo en las regiones empobrecidas de África, “donde el aumento de la temperatura unido a la sequía hace estragos en el rendimiento de los cultivos” (51).

Y sin embargo lo que deja al final la lectura de la encíclica no es depresión y desánimo sino esperanza y hasta gozo. Y es que Francisco, siguiendo las huellas de su tocayo de Asís, no sólo nos presenta el lado obscuro de la realidad sino que se une a él para cantarle a la belleza de la hermana madre tierra, de la hermana agua, del hermano sol, de las hermanas plantas. Y aunque

“Estas situaciones provocan el gemido de la hermana tierra, que se une al gemido de los abandonados del mundo…”, nosotros “estamos llamados a ser los instrumentos del Padre Dios para que nuestro planeta sea lo que él soñó al crearlo y responda a su proyecto de paz, belleza y plenitud” (53).

Por eso no es incongruente que, a pesar de los negros nubarrones Francisco nos convoque a que:

“Caminemos cantando. Que nuestras luchas y nuestra preocupación por este planeta no nos quiten el gozo de la esperanza” (244).

* Ponencia presentada por el autor en el foro El Despojo Biocultural: La amenaza del protocolo de Nagoya o las patentes sobre los bienes comunes. Una visión desde los pueblos. llevado a cabo en el CIDECI- UNITIERRA de SCLC el 23 de octubre de 2015. (2ª. y última parte).


Cuando la utopía es evitar la catástrofe

Escrito por Laudatosi 29-11-2015 en Enlaces externos. Comentarios (0)

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