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Francisco

Chomsky, Chiapas y Francisco

Escrito por Laudatosi 14-03-2016 en Enlaces externos. Comentarios (0)

Rafael Landerreche: Chomsky, Chiapas y Francisco


El representante de la Iglesia y el de la ilustración coinciden en la crítica del capitalismo
Foto Marco Peláez

Brevísima relación de la visita de Francisco (1ª. parte)

Escrito por Laudatosi 14-03-2016 en Francisco en Chiapas. Comentarios (0)

Los lectores avisados, que de seguro no le faltarán a las páginas de Mirada Sur, habrán notado que el título de este artículo es una evocación del nombre de la más famosa- y terrible- obra escrita por Fray Bartolomé de las Casas (la Brevísima relación de la destrucción de las Indias) primer obispo de Chiapas, defensor de indios y enemigo de encomenderos y, por añadidura, padrino paradójico de esta ciudad coleta que prácticamente lo expulsó de su seno y ahora lleva su apellido. También, evidentemente, padrino más apropiado de la diócesis que por extensión lleva el mismo nombre de la ciudad y se sincroniza de tiempo en tiempo con el espíritu de su fundador. Estos antecedentes, remotos solo en el tiempo, tendrían que ser tomados en cuenta necesariamente a la hora de aquilatar el significado histórico de una acontecimiento que de por sí lo es, el del primer papa que visita esta tierra y que, para mayor trascendencia histórica todavía, es el primer papa nacido en el continente que evangelizaron Las Casas y sus hermanos frailes en el siglo XVI. Pero, no obstante todo lo anterior, ni Francisco, ni sus anfitriones, ni nadie (hasta donde he podido darme cuenta) hizo la menor referencia a este contexto histórico. Francisco dijo que no podía imaginarse venir a México y no visitar a la Virgen de Guadalupe. Tampoco podemos imaginarlo visitando Asís sin acordarse de San Francisco. Más o menos a eso equivale venir a Chiapas, denunciar el despojo histórico de los indígenas, pedirles perdón y no mencionar a Las Casas. La relevancia de este silencio se acentúa si notamos que al día siguiente, en Michoacán, sí hubo alusiones a Vasco de Quiroga, primer obispo de esa diócesis, contemporáneo y compañero de Fray Bartolomé. Y el silencio paradójico de alguna manera también se extendió al sucesor de Las Casas a quien tocó celebrar adecuadamente el V Centenario de su predecesor; si bien se matiza un poco con la visita obligada a su tumba de Tatik Samuel en la catedral de San Cristóbal.

Lo anterior (cuyo sentido pleno quedaría por dilucidar) no es más que un ejemplo de una de las muchas cosas que habría que tomar en cuenta para aquilatar el significado profundo de la visita de Francisco a San Cristóbal. Pero eso no se puede hacer en la inmediatez de los hechos. Se necesita tiempo y silencio para asimilar su significado, yendo más allá de las primeras impresiones (por valiosas que puedan ser) y superando el ruido mediático de críticas viscerales, aprobaciones oportunistas (y hasta cínicas) problemáticas múltiples atendidas o no atendidas (Ayotzinapa, el tema de la pederastia, entre otros) y el inevitable tinte de show que se adhiere a la visita, no por la persona de Francisco sino por lo que es nuestra sociedad. Así como Francisco ha pedido momentos de silencio para asimilar la palabra de Dios, así se necesita silencio para comprender mejor los ‘signos de los tiempos’. Por supuesto que este espacio de silencio es harto limitado para quien escribe al día siguiente de la visita, pero hecha la salvedad, trataré de esbozar una primera aproximación.

Algo sobre las circunstancias de la visita.

Parecería evidente que no se pueden confundir las intenciones y acciones del visitante con las circunstancias del lugar visitado, sobre las que el visitante no tiene ningún control. Sin embargo no siempre sucede así. Por ejemplo, no faltó quien pretendió culpar al papa por la reciclada militarización de San Cristóbal que contemplamos desde unos días antes de su llegada. Las escenas de los vehículos militares recorriendo la ciudad con sus armas en ristre, como si estuvieran a punto de disparar sobre un peligroso enemigo detrás de cualquier esquina, evocaron la memoria de aquellos días aciagos de enero de 1994, cuando el ejército mexicano recorría ominosamente las calles de San Cristóbal mientras en las montañas, reprimía a sangre y fuego a los más marginados de los mexicanos. Por otro lado, las ostentosas “medidas de seguridad” (no sé si sea cierto, pero un medio de comunicación internacional comentó que en ningún lugar del mundo se ha implementado un dispositivo tan grande como el de México para una visita papal) contrastaron notablemente con la insuficiencia e inadecuación de las ‘medidas logísticas’ para la realización de la misa en el SEDEM cuyo resultado fue una inmensa cola (que llegaba hasta la Unidad Administrativa) donde había personas que de 2 a 7 de la mañana ocuparon exactamente el mismo lugar sin avanzar un centímetro. Sin la presión de los inconformes que hizo que se suprimieran engorrosos trámites de entrada hubiera habido un verdadero ‘desastre organizativo’ en el que más del 50 por ciento de los asistentes se habrían quedado sin entrar al acto.

Este contraste pinta un cuadro certero de nuestra sistema político-social: por un lado el despliegue impresionante (con el consecuente gasto millonario) de supuestas ‘medidas de seguridad’ (que en el fondo son medidas de intimidación) y por otro lado la totalmente inadecuada atención a las verdaderas necesidades de la población. Pero evidentemente la culpa de esto no es de Francisco sino del tipo de sociedad que vivimos en México (y en el mundo) impuesta por esos privilegiados a los que Francisco identificó sin tapujos como los verdaderos culpables de la violencia, la corrupción y el narcotráfico.

El ¡Ya basta! que no hay que dejar inadvertido.

Ya que mencionamos los días del levantamiento zapatista en enero de 1994, me parece notable que nadie haya advertido (hasta donde he podido leer crónicas del evento) que Francisco comenzó su breve homilía a tambor batiente, haciéndose eco del ‘¡Ya basta!’ zapatista que cimbró al país y al mundo hace 16 años:

“Un Pueblo que había experimentado la esclavitud y el despotismo del Faraón, que había experimentado el sufrimiento y el maltrato hasta que Dios dice basta, hasta que Dios dice: ¡No más!”

Prácticamente ésas fueron sus primeras palabras, apenas después del breve párrafo en que Francisco hizo su debut en tzotzil (no muy brillante por cierto pues las lenguas no son su fuerte; pero me consta- por los comentarios que escuché a mi lado- que no pasó desapercibido para los indígenas quienes comprendieron perfectamente lo que decía). Este inicio no puede tomarse como algo meramente casual. La lectura central de la misa no era la del Éxodo que habla de la liberación de la esclavitud bajo los egipcios, sino el Evangelio que habla del “tuve hambre y me diste de comer”, lo cual parecía ideal para una homilía más ‘convencional’ (menos ‘política’) del papa sobre el amor y la misericordia. Sin embargo Francisco dejó de lado este texto y dio el salto de manera muy natural a partir de la primera lectura sobre lo perfecto que son las leyes del Señor (“Li smantal Kajvaltike toj lek”) a “La ley que el Pueblo de Israel había recibido de mano de Moisés, una ley que ayudaría al Pueblo de Dios a vivir en la libertad a la que habían sido llamados”. Y de ahí al ¡Ya basta! frente a la esclavitud y el despotismo, que no se necesita mucha imaginación para trasladar de Egipto a Chiapas.

Francisco no refirió el ¡Ya basta! de los indígenas de Chiapas explícitamente al EZLN. No podía hacerlo, ni es su papel como papa, ni convenía que lo hiciera. Pero en cambio hizo algo que, en otro ámbito y en otro sentido, es igualmente revolucionario: lo refirió al Popol Vuh, el libro sagrado de  los mayas. Y de esta manera volvió a darle un origen universal, no exclusivo de una organización: Ese ¡Ya basta! es como el grito de los pueblos indígenas, es el  anhelo profundo del alma, el ch’ulel, del pueblo indígena. Y para coronar el asunto, le reconoció raíz teológica: “Nuestro Padre no sólo comparte ese anhelo, Él mismo lo ha estimulado y lo estimula al regalarnos a su hijo Jesucristo.”

Todavía hizo otra contribución Francisco a su rescate del grito de los pueblos indios. Hay una frase evangélica a la que alguien le puso música y es frecuentemente cantada en las ermitas, en las parroquias y en los eventos de la Diócesis de San Cristóbal: “Si callara la voz del profeta/ las piedras hablarán”. Francisco le da a esto un giro que podríamos llamar ‘genial’ o ‘inspirado’ (según la filosofía de cada quien). Primero nos pone en un contexto que nosotros podemos muy fácilmente referir a la dimensión ideológica de las políticas de contrainsurgencia que pretenden acallar las voces de la rebelión. Es interesante que Francisco haya utilizado 5 verbos en este contexto. Primero, “silenciar y callar” para las voces que se articulan para expresar el anhelo profundo. Y después “anestesiar”, “aletargar” y “adormecer” para el alma que siente y la conciencia que percibe. Y entonces, “si callara la voz del profeta” (que en este caso es el pueblo indígena) ya no son nada más las piedras las que gritan, sino toda la Creación; es la hermana madre tierra que “clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella.”

De esta manera admirable Francisco engarza sus propias preocupaciones sobre la destrucción ecológica que plasmó en su encíclica Laudato Si, con el ¡Ya basta! de los pueblos indígenas, con la liberación del pueblo de Israel, con la sabiduría ancestral de los mayas y con la voluntad de un Dios justo y misericordioso.

Por supuesto que lo que busca Francisco no es apantallarnos con tesis brillantes sino mover nuestros corazones para que actuemos de manera firme y decidida, con un cambio radical de hábitos personales y de estructuras sociales: “Ya no podemos hacernos los sordos frente a una de las mayores crisis ambientales de la historia” dijo en su homilía citando su propia encíclica. Y, en medio del bombardeo universal para silenciarnos (valga la paradoja) y de la contaminación generalizada del medio ambiente, de las conciencias y aun de las culturas indígenas, se dirigió directamente a estos últimos, no como pontífice que pontifica, sino como hermano que pide ayuda: 

“En esto ustedes tienen mucho que enseñarnos, que enseñar a la humanidad. Sus pueblos, como han reconocido los obispos de América Latina, saben relacionarse armónicamente con la naturaleza, a la que respetan como «fuente de alimento, casa común y altar del compartir humano»”.

Hay que reconocer la audacia (los del otro lado dirán la imprudencia) de Francisco al comenzar su homilía, en la ciudad que vio el levantamiento de 1994 y en el virtual aniversario de los Acuerdos de San Andrés, con un casi literal Ya basta. Visto desde el lado negativo fue como venir a mentar la soga en casa del ahorcado. Vista desde el lado positivo fue como venir a anunciar la buena nueva a los pobres y la liberación a los oprimidos.

Ojalá muchos que permanecen escépticos (por buenas o malas razones) supieran aquilatar esto y no dejaran pasar de largo lo que significa ese gesto de Francisco, esa mano que les tiende, ese aliado para una nueva revolución contra el poder del dinero, el ídolo que todo lo aplasta.


De los Acuerdos de San Andrés a la visita de Francisco

Escrito por Laudatosi 14-03-2016 en Francisco en Chiapas. Comentarios (0)

La llegada a Chiapas del papa Francisco coincide con la víspera del XX aniversario de la firma (posteriormente traicionada por el gobierno de Ernesto Zedillo) de los Acuerdos de San Andrés el 16 de febrero de 1996. Nuestro estado vuelve a estar fugazmente en el centro de los reflectores internacionales y, aunque la razón aparentemente sea muy diferente a la que lo puso en ese sitio hace 20 años, en el fondo hay una continuidad. La razón por la que Francisco decidió visitar la diócesis de san Cristóbal no puede ser ajena a lo que él mismo ha dicho o escrito en otras ocasiones -declaraciones que son marco obligado para ubicar lo que diga en nuestra tierra: que los pueblos indígenas (o “comunidades aborígenes” como él los llama en su encíclica ‘Laudato Si’) son los mejores guardianes de la madre tierra, que son los primeros que tienen derecho a decir su palabra cuando se pretenden realizar grandes proyectos (léase: minas, autopistas, hidroeléctricas, plantaciones de monocultivos, etc.) en sus territorios, que, a pesar de ese derecho, son presionados de diversas maneras para despojarlos de su tierra y, finalmente, como dijo en su encuentro con movimientos populares en el Vaticano en octubre de 2014, que:

“¡Los pobres no sólo padecen la injusticia sino que también luchan contra ella! No se contentan con promesas ilusorias, excusas o coartadas. Tampoco están esperando de brazos cruzados la ayuda de ONGs, planes asistenciales o soluciones que nunca llegan o, si llegan, llegan de tal manera que van en una dirección o de anestesiar o de domesticar…Ustedes sienten que los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y, sobre todo, practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar.”

Todo eso, el hecho de que Chiapas se haya distinguido no solo por ser un estado con indígenas sino con indígenas que luchan (indígenas, y de raíces mayas, también los hay en Campeche que es a donde, según dicen, el gobierno mexicano pretendía desviar la visita del papa, pero hasta ahora no se ha escuchado su ‘¡ya basta!’) el derecho de los pueblos indígenas a sus territorios, derecho que corre paralelo al cuidado de la tierra y a su preservación de la destrucción que invariablemente entrañan esos grandes proyectos, el protagonismo (el ‘ser sujetos’ solía decir Don Samuel Ruiz, el ‘Tatik’) de los pueblos indígenas que rechazan los programas asistenciales y mediatizadores del gobierno, la solidaridad (‘para todos todo, para nosotros nada’ solían decir los zapatistas) estaba en el centro de los Acuerdos de San Andrés. Y, como recientemente decía uno de esos indígenas en una reunión de la diócesis: ‘Si se hubieran respetado los Acuerdos de San Andrés no estaríamos viviendo la amenaza y realidad de despojo de nuestras tierras que ahora estamos sufriendo’.

Y hay más todavía. Las palabras de Francisco también dan la clave para entender las verdaderas razones por las que el gobierno de Ernesto Zedillo escamoteó el cumplimiento de los acuerdos que ya había firmado, más allá de la palabrería seudo nacionalista y legalista que utilizó el mismo Zedillo para justificarse. Como les dijo el papa a las organizaciones populares e indígenas con las que se reunió en Bolivia en julio del año pasado (justo después de la publicación de su encíclica ‘Laudato Si’):

“Ustedes  me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?”.

Y en la misma encíclica Francisco señala repetidamente que son los grandes intereses financieros los que están en contra de todas las iniciativas que intentan solucionar la gran crisis socio-ambiental que ya está sobre nosotros. Recordemos que en el contexto del incumplimiento gubernamental de los Acuerdos de San Andrés está la crisis financiera desatada por los famosos (e infames) “errores de diciembre” de 1994, así como el condicionamiento por parte de los grandes bancos de los préstamos subsecuentes para ‘rescatar a México’ (en realidad para rescatarse a sí mismos) a que el gobierno ‘acabara con el problema de Chiapas’ tal como constaba en un documento del Chase Manhattan Bank, que fue dado a conocer por la revista Proceso.

Muchas cosas han pasado en Chiapas (y en México y en el mundo) desde la firma de los Acuerdos de San Andrés: la ejecución de los planes de contrainsurgencia en contradicción y violación de la ley que mandataba al gobierno a resolver el conflicto de Chiapas mediante el diálogo y la reconciliación, contrainsurgencia que tuvo como clímax la Masacre de Acteal en 1997; el paso de Chiapas de ser un estado marginado en cuanto a los recursos públicos a ser el vertedero de enormes sumas de dinero que han abonado la corrupción de autoridades y de líderes cooptados, la división de las comunidades y la promoción de un consumismo desbocado, destructor de la cultura indígena, desvinculado de un verdadero desarrollo y causante de una contaminación mayúscula en las comunidades. Y, como consecuencia de la contrainsurgencia (tanto militar como económica) la ruptura del frente amplio de indígenas que se había formado en torno a las demandas zapatistas y el consecuente aislamiento de éstos. Y, ya abierto el camino por estas políticas destructoras del tejido social, la puesta en marcha de los megaproyectos ligados al Tratado de Libre Comercio que habías sido temporalmente postergados a causa de la insurgencia indígena.

Frente al desánimo y el desconcierto inevitablemente producido en muchos por estos avances del capitalismo neoliberal y depredador, Francisco trae una palabra de esperanza. Hay voces que critican su visita; a veces, pueden venir de una buena voluntad algo miope, pero a veces vienen simplemente de la mala leche, de la ceguera o incluso de los intereses que se sienten amenazados y se disfrazan de aparentes protestas justas. Pero si consideramos adecuadamente las circunstancias, como aquí he tratado de hacer, veremos que la visita de Francisco converge con lo más profundo de las aspiraciones de los indígenas de Chiapas y del pueblo de México que alguna vez ha estado conciente de la realidad, como lo estuvo en las grandes movilizaciones por una paz con justicia y dignidad en 1994, 95 y 97 (protestando contra la Masacre de Acteal). De nosotros depende aprovechar sus palabras para atizar las brasas de un movimiento y una esperanza que por momentos parecen estar extinguiéndose. Esa renovación no significa volver a un pasado de hace 20 años, sino hacer pasar todo por una profunda transformación: desde las actitudes personales hasta los modos de hacer política. El desafío es inmenso pero el momento es propicio. No vayamos a desperdiciarlo ni por indiferencia, ni  por mezquindad, ni por autosuficiencia.


¿Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma?

Escrito por Laudatosi 04-02-2016 en Francisco en Chiapas. Comentarios (0)

¿Qué dirá el Santo Padre, que vive en Roma?/ Que le están degollando, a sus palomas. Así cantaba la inmensa Violeta Parra a finales de los años sesentas, cuando florecía la primavera de la música latinoamericana con otros grandes como Víctor Jara, Mercedes Sosa, Amparo Ochoa, Atahualpa Yupanqui y muchos más. Prácticamente al mismo tiempo, el último citado, Atahualpa, cantaba el otro lado de la moneda: Que Dios vela por los pobres, tal vez sí, tal vez no/ pero es seguro que almuerza  en la mesa del patrón. Esos poetas del pueblo, que son los más grandes poetas aun cuando nunca reciban el premio Nóbel, supieron captar los más profundo del alma popular, de tal manera que podemos decir con precisión que prácticamente los 500 años de historia de la relación entre el pueblo latinoamericano y la iglesia, entre la iglesia y el pueblo latinoamericano, ha oscilado entre esos dos polos: entre un pueblo que percibe la religión como aliada del opresor y un pueblo que ve en la religión la más profunda fuente de su consuelo y su fortaleza; entre una iglesia que come en la mesa del patrón y una iglesia que hace suya la voz de los pobres y clama al cielo cuando están degollando sus palomas.

Don Samuel Ruiz, que fue obispo de la diócesis de San Cristóbal desde aquellos casi legendarios años hasta el fin del siglo pasado, solía contar la anécdota de su llegada a la diócesis chiapaneca, cuando lo llevaban a comer a la casa del patrón, como era la costumbre (el finquero para decirlo en términos locales) y mientras él comía en la casa grande, una multitud de indígenas esperaba en las afueras de la misma sin probar bocado, sin un cafecito siquiera para animar los agotados miembros y, además, como lo descubrió al entablar conversación con ellos, habiendo entregado rigurosamente su cooperación para la fiesta del obispo. Al darse cuenta de tamaña injusticia Don Samuel decidió nunca más volver a comer en la mesa del patrón… y lo demás es historia, incluyendo por supuesto el odio que le agarraron los patrones y el amor que todavía le tienen los indígenas. Cinco años después de la muerte del Tatik la diócesis de San Cristóbal tiene la suerte de recibir la visita de un papa que también ha entendido que la iglesia traiciona la misión que le encomendó su fundador si se olvida de preferir a los pobres y que ya desde antes de aterrizar en este suelo ha denunciado al sistema injusto que sin ningún escrúpulo degüella a sus palomas cuando se trata de conservar su poder y sus ganancias.

Desgraciadamente lo que debería ser la regla para la iglesia no siempre lo ha sido y lo que vivió esta diócesis con Samuel Ruiz sigue siendo una excepción (aunque gracias a Dios no la única) dentro de la iglesia (católica) mexicana. En cuanto a  lo que a nivel global estamos viviendo con el papa Francisco, es como una inesperada brisa suave de primavera después de los que algunos teólogos llamaron el largo invierno eclesial. Es cierto que Francisco mismo ha dicho que él no está inventando nada, que lo que él dice está todo dentro de la tradición de las enseñanzas sociales de la iglesia, y en su revolucionaria encíclica sobre nuestra casa común cita las enseñanzas de sus predecesores desde Juan XXIII, incluyendo a los papas de ese supuesto invierno eclesial, Juan Pablo II y Benedicto XVI, para mostrar esa continuidad.

Pero aunque sí es cierto que existe tal continuidad doctrinal también es cierto que no todos han logrado de la misma manera mostrarse como la encarnación viviente y eficaz de tales enseñanzas teóricas. Los papas anteriores a Francisco, particularmente Juan Pablo II, no pudieron desembarazarse de la maraña de condicionamientos impuestos por la burocracia de una institución que, por más que proclame su origen divino no deja de ser humana y, en especial de los condicionamientos ideológicos y alianzas fácticas de la  “guerra fría”, a los que Juan Pablo II era particularmente vulnerable dada su experiencia evidentemente negativa con el comunismo en Polonia. El tristemente célebre viaje de Juan Pablo II a Nicaragua en la época de la presidencia imperial de Ronald Reagan es un doloroso ejemplo del poder de tales condicionamientos.

Mientras el pueblo nicaragüense inmerso de lleno en una experiencia sandinista trataba de construir una sociedad más justa (que incorporaba notables elementos cristianos) el gobierno de Estados Unidos desencadenó contra la pequeña Nicaragua (Ay Nicaragua, nicaragüita, cantaba Mejía Godoy, otro de los grandes de la música latinoamericana) la infame guerra de la contra que, encima, fue financiada con dinero proveniente del narcotráfico (sobre esta cuestión es altamente recomendable ver la película estrenada el año pasado, Maten al Mensajero). En esas angustiosas circunstancias los creyentes nicaragüenses esperaban con ansias la visita del papa que vive en Roma, autoproclamado mensajero de la paz, con la esperanza de que una palabra suya contra la injusta guerra del imperio ayudara a Nicaragua a reencontrar el camino de la paz con justicia y dignidad. Pero esas esperanzas fueron cruelmente defraudadas e incluso contradichas. Juan Pablo II no dijo una sola palabra en contra de esa guerra y en cambio dejó huella indeleble del regaño a los líderes sandinistas, en particular al monje y poeta rebelde Ernesto Cardenal. Éste y otros 3 sacerdotes molestaban particularmente al imperio porque su presencia en el gobierno sandinista estorbaba su intento de presentar la revolución de Nicaragua como una amenaza más del comunismo ateo. La honda herida dejada en el pueblo nicaragüense por esa actuación papal, tendería naturalmente a acercar el péndulo al otro polo que mencionamos al principio, el de Atahualpa Yupanqui.

Pero hoy los vientos en la Iglesia Católica han vuelto a cambiar gracias a un papa latinoamericano (paisano del gran Atahualpa por cierto) y a ese espíritu que sopla donde quiere. Atahualpa remataba sus coplas ‘dudantes’ (como él mismo se calificaba en contraposición a los ‘creyentes’) con los versos:Hay un asunto en la tierra más importante que Dios/  y es que naide escupa sangre, pa' que otro viva mejor. De eso se trata, podría sin duda decir Francisco, pero acotaría: no es que sea más importante que Dios, es que ésa es la única y verdadera forma de dar gloria a Dios.


De la Tragedia Griega al Gran Teatro del Mundo

Escrito por Laudatosi 30-10-2015 en Enlaces externos. Comentarios (0)

(Una versión un poco más corta de este artículo se publicó en La Jornada:

De la tragedia griega al gran teatro del mundo )

"Cuando acaban de escucharse estas palabras, entra Evo y se dirige al personaje de blanco. Le entrega una pequeña escultura de una hoz y un martillo con un Cristo clavado en el martillo. Afuera se escuchan los gritos y el rechinar de dientes de los Maestros de la Ley: ¡Comunista, hereje, blasfemo! El personaje de blanco reflexiona y dice en tono pausado: No estoy de acuerdo con el análisis marxista, pero debemos dialogar y trabajar juntos, sobre todo por los oprimidos: los pobres y nuestra hermana la Madre Tierra."

De la Tragedia Griega al Gran Teatro del Mundo

PRIMER ACTO. En el Ágora de Atenas, un ciudadano de nombre Tsipras se dirige a los miembros de la polis. Detrás de él, como telón de fondo, se yergue majestuoso el Monte Olimpo. El personaje, griego, pero no ajeno a los efectos digitales, hace un movimiento con las manos y aparece Hércules que va a enfrentarse con la Hidra. A un lado, como en una pantalla paralela, aparecen imágenes de manifestaciones populares que llevan mantas y pancartas en todas las lenguas del mundo. Entre ésas se percibe una en español que dice: Frente a la Hidra Capitalista, Resistencia Popular.

Por el lado del oriente entra un personaje vestido con algo menos que una túnica griega. Es Gandhi. Echa un vistazo a la escena anterior y dice a media voz: “El precio de una ofensiva exitosa es una alternativa viable. En política blofear se paga muy caro.”  La escena se transforma como mágicamente. En vez del Ágora aparece un gris salón de conferencias internacionales, en vez de los nobles atenienses, un puñado de burócratas encabezado por dos mujeres. Tsipras aparece vestido de bufón y una de las mujeres lleva en el pecho un letrero que dice FMI y, en letras más pequeñas, “Vichy”. Todos ríen, se felicitan unos a otros y hacen firmar al bufón unos papeles. Afuera se escuchan, ahogados por los muros que los separan de la escena, los gritos impotentes de los griegos.

Siguiente escena: Se escucha el lento tañer de las campanas que anuncian la muerte de la democracia griega. El Coro se dirige a los espectadores: No pregunten por quién doblan las campanas; están doblando por ustedes. Entre la muchedumbre se empieza a desarrollar una escena típica de la antigüedad. Los vencedores entran a la ciudad en sus carros de guerra conduciendo encadenados detrás de sí a los vencidos. Se dirigen al mercado para venderlos como esclavos. Al llegar al mercado los ponen a subasta. En lugar de los cuerpos de los vencidos aparecen unos letreros: lotes para la explotación de hidrocarburos.

SEGUNDO ACTO. La escena cambia radicalmente. El tiempo ha avanzado (¿o retrocedido?) al año 2000 DC. En el telón de fondo el Olimpo ha sido sustituido por otros picos más numerosos y majestuosos. Son el Aconcagua, el Illimani, el Chimborazo, “el lugar de la tierra más cercano al sol”. Mientras la escena transcurre la nieve que los cubre va desapareciendo lentamente a causa del cambio climático. Al pie de los Andes aparece la Hidra de muchas cabezas. Está negociando un tratado con el presidente del país, un militar golpista, asesino y narcotraficante. La Hidra le dice: ‘Tú eres el único representante legítimo de este país’. Firman unos papeles en los que se entregan las aguas de la nación a una empresa que es una de las cabezas de la Hidra. El pueblo se levanta. Ocupa las calles, las oficinas del gobierno y las de la empresa transnacional. Derrama su sangre pero no cede. Finalmente la Hidra se retira, no sin antes amenazar con volver bajo la forma de ATP. El pueblo recupera el agua, depone al presidente y en su lugar pone a uno de los suyos. Se llama como la Madre de todos los Mortales pero en masculino: Evo.

TERCER ACTO. Escena 1. Un salón de clases. Aparece el profesor de economía. Declama: ‘Todo hombre que se ocupe del pueblo, aunque sea un poquito, es un populista. Todo populista es un peligro para su país.’ Entran los profesores de teología. Recitan: ‘Evo es un comunista ateo, está contra la religión católica. Su ideología de la Madre Tierra es un panteísmo New Age.’

Escena 2. Aparece un hombre vestido de blanco. Entra al salón y con un látigo corre a los Maestros de la Ley. Hace un gesto con la mano y desaparece el salón de clase y reaparecen las montañas; junto a él aparece un personaje vestido como un mendigo, un tal Francisco, de la aldea de Asís. Empieza a cantar bajo el dosel majestuoso de los Andes: “Alabado seas mi Señor por los hermanos volcanes, por la hermana agua, alabado seas por la hermana Madre Tierra”. El personaje de blanco toma la palabra: “Entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, nuestra hermana madre tierra, que «gime y sufre dolores de parto».”

Cuando acaban de escucharse estás palabras, entra Evo y se dirige al personaje de blanco. Le entrega una pequeña escultura de una hoz y un martillo con un Cristo clavado en el martillo. Afuera se escuchan los gritos y el rechinar de dientes de los Maestros de la Ley: “¡Comunista, Hereje, Blasfemo!”. El personaje de blanco reflexiona y dice en tono pausado: “No estoy de acuerdo con el análisis marxista, pero debemos dialogar y trabajar juntos, sobre todo por los oprimidos: los pobres y nuestra hermana la Madre Tierra”. Y dirigiéndose, ya no a Evo, sino a las organizaciones populares, les dice:

“Ustedes me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren. ¿Reconocemos la causa de todas ellas en un hilo invisible, un sistema global, que ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo? La adoración del antiguo becerro de oro ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero. El nuevo colonialismo adopta diversas fachadas: corporaciones, prestamistas, tratados «de libre comercio» y la imposición de medidas de «austeridad» que siempre ajustan el cinturón de los pobres. Se privatizan recursos escasos como el agua, siendo que el acceso al agua es un derecho humano básico.  La deuda externa de los países pobres se ha convertido en un instrumento de control, pero no ocurre lo mismo con la deuda ecológica que tienen los países ricos con los pobres. Ahora no sólo las personas, sino las naciones son convertidas en esclavas a causa de una deuda. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos…Y tampoco lo aguanta la Madre Tierra".

Cuando el hombre de blanco menciona al becerro de oro aparece en la pantalla paralela escenas filmadas desde los drones de vigilancia del distrito financiero de Nueva York. En la esquina de Wall Street y Broad Street se ve el becerro de metal que preside las actividades de la Bolsa. Todos los que pasan por ahí, ricos y pobres, se postran ante él y le rinden pleitesía. Pero sus sacerdotes sólo son los que visten los trajes a la última moda de la 5ª. Avenida y sus vestiduras están manchadas de la sangre de los sacrificios que ofrecen al ídolo de metal; cada vez que un niño, un líder campesino o un trozo de la madre tierra son sacrificados ante su altar sube el índice de la Bolsa, mientra tanto el humo de los sacrificios se eleva ante él de día y de noche en la forma de gases de efecto invernadero.

La figura de blanco prosigue su monólogo:

-“No puede ser que cuando un hombre muere de hambre en la calle no es noticia, en cambio cuando baja el índice de la Bolsa todos los periódicos lo comentan…”

La escena prosigue en Wall Street, pero ahora el escenario es ocupado por una multitud de jóvenes indignados que grita y escribe consignas contra “el 1%”. Una nueva oleada humana invade el espacio, van vestidos como robocops y arremeten contra lo que queda del 99% y contra todo aquél que se resiste a adorar a la Bestia y a su imagen (que es transmitida y ofrecida al culto de las masas por todos los medios de comunicación)

EPÍLOGO. El Coro se dirige al público: Y ustedes ¿seguirán aguantando?