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“Como criminales impotentes ante un poder criminal”

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Homenaje a dos jesuitas que se nos adelantaron este año en el camino de la paz: Fernando Cardenal y Daniel Berrigan… y a otros que han transitado o todavía transitan por ese camino.

Una versión resumida de este artículo puede verse en La Jornada:

Como criminales impotentes ante un poder criminal

Fernando Cardenal SJ + 20 de febrero de 2016

“Como criminales impotentes ante un poder criminal”. Esta frase describe a la perfección la situación en la que suelen encontrarse en nuestro país a quienes defienden sus más elementales derechos o los de sus comunidades frente a unas autoridades que criminalizan la protesta social siendo ellas mismas cómplices de verdaderos criminales. Desde los maestros protestando contra una reforma educativa a la que lo último que parece importarle es la educación, hasta los familiares de desaparecidos que lo único que quisieran es ver con vida a sus seres queridos o al menos saber con certeza qué les pasó, pasando por las guardias comunitarias (la comandante Nestora, por ejemplo), los grupos de autodefensa (los que se resistieron a asumir el guión preparado para ellos por el gobierno, como el doctor Mireles) los defensores de la tierra y el territorio, los denunciantes de la deforestación que son acusados de ser talamontes, los periodistas que denuncian corrupción y complicidades y acaban asesinados entre insinuaciones de que la culpa hay que buscarla en ellos (o ellas) mismos; todos estos son, han sido y siguen siendo tratados “como criminales impotentes ante un poder criminal”.

Pero aunque la frase cae como anillo al dedo a la situación actual de México en realidad proviene de las entrañas del imperio; se la debemos a un jesuita norteamericano que acaba de fallecer a la edad de 94 años: Daniel Berrigan, quien se convirtió en una leyenda viviente de la protesta contra las guerras (empezando por la guerra de Vietnam) y la carrera armamentista auspiciadas por su país, con las acciones simbólicas de desobediencia civil que una y otra vez lo llevaron a la cárcel e inspiraron a cientos de opositores a la guerra; acciones como quemar con napalm los registros de reclutamiento del ejército, derramar sangre y dañar las verdaderas armas de destrucción masiva que por supuesto no se guardaban en Irak sino en los Estados Unidos. Ante el juez que lo sentenció por la primera de estas acciones Daniel Berrigan pronunció las palabras: “Hemos elegido ser tratados como criminales impotentes por un poder criminal. Hemos elegido ser indiciados como criminales de la paz por los criminales de la guerra”. A los empleados de las bases militares donde efectuaron estas acciones, haciendo referencia al napalm con que ellos quemaron los archivos pero con el que el ejército estadounidense quemaba a los aldeanos vietnamitas, les dijo con una terrible ironía que parecería venir de otro mundo: “Nuestras sinceras disculpas queridos amigos, por venir a perturbar la paz y el orden, por quemar papeles en vez de niños”.

La muerte de Daniel Berrigan nos trae a la memoria la de otro jesuita también recientemente fallecido (a finales de febrero pasado) que también optó radical y definitivamente por ponerse del lado de los pobres, de las víctimas de este sistema de muerte: el nicaragüense Fernando Cardenal. De él escribió otro jesuita, el mexicano Arnaldo Zenteno que optó por irse a vivir a Nicaragua y se convirtió en su compañero y hermano de comunidad: “En tiempo de Somoza Fernando hizo la denuncia de la dictadura y de sus  torturas. Y en esos años, participó activamente en la toma profética de las Iglesias denunciando a Somoza. Después del triunfo de la Revolución y después de la  Cruzada de Alfabetización (que él organizó e impulsó y que movilizó a 60 mil jóvenes y también a adultos y que logró se bajara el analfabetismo del 60 al 13 %) fue Ministro de Educación procurando siempre una educación de calidad. En los últimos años esto mismo lo prolongó al dirigir Fe y Alegría que en Nicaragua tiene 21 colegios  en Barrios y Comarcas muy populares”. En tiempos más recientes y tras la vuelta al poder de Daniel Ortega, Fernando escribió: “Me da tristeza ver la profunda y amplia corrupción en la vida política del país. Y más me entristece que algunos altos dirigentes del Frente Sandinista de Liberación Nacional participen de esta corrupción, con lo que frustraron las esperanzas que el pueblo había puesto en ellos para conseguir su liberación”.

Además del ser jesuitas y de su vocación revolucionaria y profética Fernando Cardenal y Daniel Berrigan tienen en común el haber tenido sendos hermanos también sacerdotes pero no jesuitas, que siguieron el mismo camino que sus hermanos: Felipe Berrigan y Ernesto Cardenal; y como en el caso de Ernesto, Daniel Berrigan hizo de la poesía un aliado inseparable de su activismo. Otra veta común entre los Berrigan y los Cardenal es que tanto Daniel como Ernesto tuvieron como amigo y mentor a Tomás Merton, otro monje poeta-profeta que fue una de las primeras voces, si no es que la primera, que se levantó dentro de Estados Unidos en contra de la guerra de Vietnam. Tomás Merton fue quien le inspiró a Ernesto Cardenal la idea de fundar la comunidad de Solentiname, semillero de campesinos teólogos, pintores y poetas, además de decididos opositores al régimen de Somoza (lo que a la larga condujo al fin de la comunidad cuando el dictador envió sus aviones a bombardear la isla). De hecho Merton soñaba con dejar su monasterio en Estados Unidos para irse a vivir a Nicaragua compartiendo con su discípulo, amigo y colega “poeta trapense” esa utopía de  un nuevo estilo de vida contemplativa en medio de la poesía y de los campesinos; pero una intempestiva y extraña muerte se lo impidió. Mientras hacía un viaje por el Lejano Oriente persiguiendo su otro gran sueño, el de compartir la experiencia de la vida contemplativa con monjes budistas, murió electrocutado por ventilador en un hotel de Tailandia (ver nota al final del artículo).

Ya encarrerados con los puntos de convergencia entre los jesuitas Berrigan y Cardenal (complementados por los de sus hermanos) no es posible dejar de mencionar a los jesuitas de la UCA asesinados en El Salvador en 1989, a quienes Daniel Berrigan visitó unos años antes de su muerte. Los esfuerzos a favor de la paz de estos jesuitas, particularmente Ignacio Ellacuría, habían concitado contra ellos la ira de los sectores más represores del gobierno. Y, por una paradoja muy acorde con el misterio de la cruz, fue este crimen, con la ola de indignación internacional que se levantó, lo que contribuyó de manera determinante a que por fin se abriera el proceso de diálogo entre el gobierno y la guerrilla.

El mundo de hoy bajo el control del poder criminal.-

En una carta escrita a Ernesto Cardenal en 1962, curiosamente (¿proféticamente?) cuando el nicaragüense venía en camino a México, Merton le decía: “El mundo está lleno de grandes criminales con enorme poder, y están en una guerra a muerte unos contra otros. Es una enorme guerra de cárteles, que utiliza a abogados, policías y clérigos como pantalla, controlando periódicos, medios de comunicación y enrolando a todo mundo en sus ejércitos”.

Cerca de medio siglo después, en una de las últimas entrevistas que se le hicieron, Daniel Berrigan decía: “Este es realmente el peor tiempo de mi larga vida. Nunca había visto una violación tan vil y tan cobarde de todo vínculo humano respetable. Estas gentes aparecen en la televisión y su lema implícito, nunca expresado abiertamente, parecería ser algo así como: ‘Los despreciamos a ustedes. Despreciamos su ley. Despreciamos su orden. Despreciamos su Dios. Despreciamos su conciencia. Y si es necesario los mataremos para dejárselos claro’. Nunca había sentido ese profundo desprecio por toda tradición o código humano”.

Y a pesar de todo, la esperanza.-

A pesar de tan negro panorama Daniel Berrigan se negaba a creer que las puertas estaban cerradas a toda acción alternativa: “Hay que hacer el bien no porque vaya a algún lado sino porque es el bien… Creo que si hacemos el bien en ese espíritu irá a alguna parte, aunque yo no sepa a dónde”.

El caso de los jesuitas salvadoreños masacrados en 1989 es un buen ejemplo de esa gran verdad. El bien que ellos hacían no se perdió con su asesinato sino que fructificó de una manera inesperada en el proceso que culminó con la firma de los tratados de paz. Los propios esfuerzos de Daniel Berrigan contra la guerra de Vietnam acabaron por dar fruto y hacer que terminara esa guerra. Es cierto que años después los Estados Unidos provocaron otras guerras, en Irak, Afganistán, Siria y que no han dejado de intervenir en otros países como lo hacían en El Salvador. También es cierto que la paz firmada en El Salvador ha dado paso a otra violencia no menos terrible que ahora azota al “pulgarcito de América”. Pero parece que vivimos en una época en que todo esfuerzo de paz debe ser recomenzado una y otra vez. Y el milagro es que todavía hay quien realiza ese esfuerzo y que quienes nos precedieron en el camino de la fe iluminan nuestro camino.

Fernando Cardenal por su parte, después de enumerar sus tristezas (que además de la ya citada a causa de la corrupción de la política, añadía la de la enorme pobreza en Nicaragua, la de la violencia contra las mujeres y los niños y la de la destrucción del medio ambiente) terminaba su “Testamento Espiritual” con estas palabras:

“A pesar de todas estas tristezas, soy un hombre de esperanza. El último capítulo de mis Memorias publicado hace dos años se llama: ESPERANZA. Para mí lo fundamental de ella es que creo profundamente en los jóvenes. Trabajamos juntos en la lucha contra la Dictadura Somocista desde el Movimiento Cristiano Revolucionario. Entonces fui testigo directo de su entrega, su mística, su valor ante el peligro de ser asesinados (14 perdieron la vida). Luego fui también testigo directo de las maravillas de valor y compromiso, en algunos caso hasta el heroísmo, de los 60.000 jóvenes voluntarios que se fueron a las montañas en la Cruzada Nacional de Alfabetización. Y después trabajé 5 años con la Juventud Sandinista, la juventud de la revolución. En estos tres escenarios encontré que los jóvenes tenían una fuerza interior muy grande y una entrega sin límites para trabajar en todas las tareas en beneficio del pueblo. A mí no me cuentan cuentos. Yo estuve con ellos y ellas. Ellos son mi esperanza. Sólo hace falta que la sociedad les ofrezca una causa grande, noble, bella, si es difícil, mejor, y que al frente de ella haya personas con autoridad moral. “YO ESPERO QUE LOS JÓVENES REGRESEN A LAS CALLES A HACER HISTORIA.”

Y ya que estamos hablando de jesuitas, hablemos del más popular de todos ellos en estos momentos, el papa Francisco. Sus palabras a los jóvenes parecen un eco de las de Fernando y lo que Fernando esperaba es precisamente lo que ha hecho Francisco en su encíclica Laudato Si y en varios encuentros con los jóvenes: ofrecerles “una causa grande, noble, bella, si es difícil, mejor”, la causa de la defensa de la hermana madre tierra, de nuestra “casa común”, recuperar, aunque parezca imposible bajo las sombras del poder criminal que sigue imponiendo sus leyes y destruyendo la tierra, el proyecto original de la Creación, de una madre bella y generosa que da vida a todos sus hijos.

En su discurso ante el Congreso de los EU Francisco mencionó a 4 estadounidenses que a su juicio encarnaban lo mejor de los ideales de ese país: Abraham Lincoln, Martin Luther King, Dorothy Day y Tomás Merton. Es hartamente significativo que de los cuatro, tres hayan sido cristianos (2 católicos y un bautista) convencidos practicantes de la No-Violencia. Dorothy Day, fundadora del movimiento del “Trabajador Católico”, fue una mujer especialmente cercana a Merton y a Berrigan. En sus días estos dos sacerdotes profetas dijeron que se vieron obligados en conciencia a hablar y actuar por la paz ante el silencio, y a veces no solo el silencio sino la franca hostilidad de una jerarquía que había olvidado esta parte esencial de su misión. El hecho de que Francisco haya reivindicado a estos personajes ante el Congreso de los EU, está todavía lejos de significar que la jerarquía en su conjunto, e incluso la mayoría de los fieles católicos, asumamos esa responsabilidad. Pero es un gesto cuya trascendencia no puede ser ignorada: es un paso en la dirección correcta y un gran aliento de ESPERANZA.

En estos tiempos aciagos, figuras como las que hemos mencionado aquí, junto con las de las miles víctimas anónimas del sistema que heroicamente resisten, nos recuerdan lo que cantaba Mercedes Sosa, otra gran poeta latinoamericana:

¿Quién dijo que todo está perdido?

Yo vengo a ofrecer mi corazón.



[1] La muerte de Merton.-

Merton acuñó un término, “the Unspeakable” (que se podría traducir grosso modo como “lo indecible” o “lo innombrable”) para referirse a ese realidad terrible con la que dí inicio a este artículo: el poder criminal que parece regir los destinos del mundo y que convierte en criminales sin poder a los que se le oponen. “The Unspeakable” es el mal cristalizado en estructuras externas que nos dominan, pero también está dentro de nosotros, en nuestra incapacidad para enfrentar ese mal y el mal que anida en nuestro propio corazón. Otro discípulo de Merton y Dorothy Day, Jim Douglass, practicante de acciones de desobediencia civil como los Berrigan, retomó el término acuñado por Merton y lo aplicó al poder criminal oculto que maquinó y ejecutó los grandes asesinatos políticos de los EU en los años sesentas: el del presidente John F. Kennedy, el de su hermano Robert y el de los líderes negros Malcolm X y Martin Luther King, asesinatos que, lejos de lo que dicen las versiones oficiales, fueron cuidadosa y fríamente planeados, orquestados, ejecutados y encubiertos, por personas e instancias anidadas dentro de los más altos niveles del gobierno de los EU (decir que en todos esos casos la CIA fue responsable sería una excesiva simplificación, pero una simplificación que no está tan lejos de la verdad y que, en todo caso, nos permite imaginar de qué estamos hablando). La absurda muerte de Merton parecería cortada con la misma tijera del “Unspeakable”: el mismo año de los asesinatos de Robert Kennedy y Martin Luther King, la misma probable causal inmediata que en este último (la denuncia de la guerra de Vietnam) y el hacer aparecer una ejecución política como algo que no lo es (en el caso de Merton un “lamentable accidente”). Sin embargo y en honor a la verdad, debo decir que ni Jim Douglass, ni otras personas ligadas a Merton, ni su sitio ‘oficial’ en Internet, hablan de otra cosa que no sea el fortuito accidente. Quizá a algunos nos ha pasado como a la mula del refrán, que no era arisca pero la hicieron. Particularmente en México, donde el “poder indecible” campea a sus anchas, nos hemos acostumbrado a lo peor y cualquier explicación oficial nos despierta –justificadamente- sospechas. De cualquier manera, la muerte de Merton no deja de ser un misterio o, por lo menos, una cruel ironía. Y menciono aquí este punto no tanto por querer profundizar en ese caso particular, sino por introducir aquí el tema del “Unspeakable” o “Indecible” que, aunque padecemos en México cotidianamente, no ha habido- hasta donde sé- quien lo enfrente de una manera similar a como lo hacen Merton y Douglass. Espero poder contribuir a esto con algo más en el futuro.