Blog de Laudato Si

Paz

La Declaración Universal de Derechos Humanos y el retorno del nazismo

Escrito por Laudatosi 10-12-2016 en Enlaces externos. Comentarios (0)

Una versión más breve sobre este tema se puede encontrar en La Jornada en: La Declaración Universal de Derechos Humanos

El momento México de la Declaración Universal de Derechos Humanos

(o La Declaración Universal de Derechos Humanos y el retorno del nazismo)

El proceso de elaboración de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que el 10 de diciembre cumple 68 años de haber sido aprobada y proclamada por la Asamblea General de la ONU, tuvo un momento crítico en la II Conferencia Internacional de la UNESCO que se realizó en la ciudad de México en noviembre de 1947. El papel de México fue más como escenario y anfitrión pero vale la pena echar un vistazo a lo que se dijo aquí, no sólo por el interés histórico sino por la trascendencia actual.

La redacción de la declaración fue confiada por las Naciones Unidas al Consejo Económico y Social de la ONU (ECOSOC) que creó en junio de 1946 la Comisión de Derechos Humanos, comisión que a su vez nombró un comité redactor de 8 personas encabezadas por Eleanor Roosevelt; a la UNESCO se le encomendó paralelamente, la tarea de elaborar la fundamentación filosófica de la declaración. La II Conferencia Internacional de la UNESCO tuvo lugar en la ciudad de México a principios del mes de noviembre de 1947. Fue ahí donde se destrabó el proceso de la Declaración Universal, donde se redefinieron con precisión su alcance, sus límites y los desafíos para el futuro y donde en definitiva se le dio el impulso final.

La tarea encomendada a la UNESCO resultó, como era previsible, más difícil que la encomendada al ECOSOC. Ya era bastante difícil que personas de orientaciones políticas contrapuestas, de diferentes credos religiosos o filosofías, de tradiciones culturales apartadas por océanos de espacio y tiempo se pusieran de acuerdo en una lista de derechos humanos básicos y comunes a toda la humanidad. Pero a pesar de la enorme dificultad esta tarea se logró. Mas lo que resultaba literalmente imposible era ponerse de acuerdo en cuáles eran los fundamentos filosóficos de esa lista. Como comentó uno de los redactores: “estamos de acuerdo mientras no nos pregunten por qué[1].

Ése era el estado de la cuestión cuando la UNESCO sesionó en México y el delegado de Francia, el filósofo católico Jacques Maritain, inauguró la conferencia con un discurso precisamente sobre “Las posibilidades de cooperación en un mundo dividido”[2]. La solución propuesta por Maritain al obstáculo que enfrentaba la UNESCO fue: si no nos podemos poner de acuerdo sobre el por qué, dejemos el por qué para otra ocasión. No parece que hiciera falta gran ciencia para proponer esa respuesta, hasta parecería uno de esos acertijos de broma donde la respuesta está en la pregunta, como aquella que inquiere sobre el color era el caballo blanco de Napoleón? Sin embargo en torno a este punto había demasiadas expectativas u objeciones; muchos, bajo la influencia del director general de la UNESCO, Julián Huxley, de orientación más científica que filosófica, se inclinaban por olvidarse del asunto de los derechos humanos y dedicarse más bien a recoger estadísticas y a proponer programas de apoyo a las necesidades materiales más elementales[3]. Pero como que no podían simplemente quedar en el aire cuestiones relativas a la naturaleza de los derechos humanos, a la forma cómo se conocen, a su vinculación o no vinculación con una filosofía iusnaturalista, a su jerarquización y a sus relaciones recíprocas, a la forma de llevarlos a la práctica, cuestiones todas sobre las que podían escribirse libros y más libros. De hecho Maritain había escrito esos libros, por lo que su presencia ahí, que tenía algo de fortuita, parecería más bien providencial. Con sus planteamientos dejó satisfechos a los delegados y, lo más importante, enmarcó la cuestión de tal manera que más que quitarles una tarea burocrática les encomendó una misión trascendente.

Las historias de los derechos humanos suelen explayarse sobre sus diversos antecedentes u orígenes, desde las teorías del contrato social, los debates sobre el iusnaturalismo, la declaraciones de las revoluciones del siglo XIX, hasta la Carta Magna, la ley natural de los filósofos aristotélicos y los equivalentes en las culturas no occidentales, pero apenas mencionan de pasada el momento histórico en el que se fraguó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Sin embargo el significado de ese momento, apenas terminada la Segunda Guerra Mundial, es de capital importancia para entender el significado y la trascendencia de la declaración. Es un hecho comprobado una y otra vez que los momentos de más graves violaciones de derechos humanos son simultáneamente los momentos en los que la humanidad adquiere una conciencia más aguda de ellos[4]. La Declaración Universal de los Derechos Humanos se promulgó como una respuesta a los horrores del nazismo. Pero no era nada más el pasado lo que tenían en la mira los redactores. El pasado inmediato y el futuro inmediato se fundían en un presente lleno de angustias y premoniciones. Los pueblos de la tierra no habían salido de las tinieblas de la guerra contra Alemania cuando ya se cernían sobre ellos los nubarrones de una nueva guerra (entre los EU y la URSS) que amenazaba ser aún más terrible por el terror nuclear revelado apenas un par de años atrás en Hiroshima y Nagasaki. Una declaración conjunta sobre los derechos humanos era una de las pocas- y además frágiles- esperanzas para conservar la paz.

Maritain había visto con absoluta lucidez los dos caminos divergentes que se abrían ante el mundo, en particular ante aquella porción del mundo autodenominada mundo libre, después de la derrota del nazismo: o prolongaba en la paz la cooperación con el mundo comunista que había permitido esa victoria o, derrotado militarmente el nazismo se volvía contra su antiguo aliado, la URSS y contra todos los que pudieran etiquetarse como comunistas. El primer camino estaba erizado de dificultades, la coexistencia pacífica con los comunistas no sería fácil, pero era el único camino hacia la paz. Para emprenderlo era necesario, además de reconocer el enorme sacrificio de sangre que había costado al pueblo ruso detener el avance oriental de Alemania, encontrar puntos prácticos de acuerdo más allá de las innegables-e insuperables- diferencias ideológicas. De ahí la importancia de algo como la declaración de los derechos humanos. El otro camino, era el camino de una nueva guerra, era el camino que incluso ya parecía inevitable en esos momentos. Maritain recogió con dramático realismo la situación del momento para increpar a los reunidos en la ciudad de México:

“Nuestra Conferencia se reúne en un momento particularmente grave de la historia del mundo; en un momento en que nos hallamos ante crecientes tensiones y antagonismos internacionales, cuyos peligros no podemos ignorar, y cuando vastos sectores de la opinión pública están a punto de caer víctimas de la obsesión del espectro de la catástrofe de la catástrofe y de la guerra que es inevitable. La angustia de los pueblos estalla como las olas al romper en todas las riberas”.

Y los exhortaba:

“¿No deberán, aquellos que están dedicados a las obras del espíritu y que sienten la responsabilidad de su misión… repudiar la muerte y la desdicha que, a pesar de una extraña y aparente pasividad más se asemeja a la desesperación que a la fortaleza del alma, y que conmueve las más recónditas profundidades de la conciencia humana? ¿No habrán de proclamar que resignarse al desastre es la peor de las locuras? ¿Qué el miedo y los reflejos engendrados por el miedo, si nos entregamos a ellos, atraen los peligros más temidos?... ¿No deberán, aunque sólo sea por el honor del género humano, apelar a la conciencia de la humanidad, que debe despertar, y de la que depende todo el resultado de esta lucha contra un suicidio colectivo y el establecimiento real de la paz?”[5]

Unos años antes de la Conferencia de la UNESCO, todavía en medio de la guerra y con su país todavía bajo la bota nazi, Maritain había escrito desde su exilio en Estados Unidos anticipando el dilema en el que se encontraría el mundo tras derrotar militarmente al nazismo. Apuntaba que, en efecto, esa victoria sería militar, pero sólo militar, que hacía falta ir a las raíces del nazismo y de lo que había provocado la guerra. Y añadía algo que resultó una profecía, de la que hoy, más de medio siglo después, estamos viendo el desarrollo de las últimas consecuencias: Negarse a la reconciliación con los comunistas y perseguir en cambio el camino de la confrontación de fuerza contra ellos, implicaba invocar el auxilio de “los demonios de la Alemania racista[6]” y así, “después de haber vencido militarmente al fascismo y al nazismo, se arriesgaría a ser moralmente vencida por sus sucedáneos”[7].

No hace falta preguntarse cuál de los dos caminos escogió el mundo pues es evidente. En su discurso en México Maritain reconoció que ya en esos momentos había menos esperanzas “que inmediatamente después de obtener la victoria”. El mundo libre encabezado y azuzado por los EU eligió el camino de la confrontación, abriendo paso a la tercera guerra mundial que, aunque milagrosamente no llegó (o ¿no ha llegado?) a la confrontación nuclear, quedándose en “guerra fría”, pisoteó y sigue pisoteando las esperanzas de paz. Y, como lo previó Maritain, cuando uno invoca a los demonios los demonios acuden. No es que hayan aparecido hasta ahora. América Latina y los pueblos que luchaban por su descolonización los experimentaron desde el primer momento: Estados Unidos que para la Europa oprimida por el nazismo se presentaba con el rostro del libertador, para aquellos llevaba el rostro del opresor; no sólo sus métodos de represión sino incluso en ocasiones hasta sus aliados de carne y hueso (como en Argentina, Chile y Paraguay) eran la viva imagen de los nazis supuestamente derrotados del otro lado del Atlántico (por cierto aun cuando ya habían transcurrido décadas de esta realidad equívoca Juan Pablo II fue incapaz de descifrarla en Nicaragua y, de hecho, en toda América Latina). Mas volviendo a los demonios invocados para combatir el comunismo, a los EU (y también a los países europeos)  les sucedió lo que a todos los que hacen pacto con el diablo, creen que lo pueden mantener a distancia hasta que un día se les aparece en su propia casa y les enseña su verdadero rostro: Economía en manos de las corporaciones; política y seguridad interior en manos de los militares, el racismo como ideología y la designación de un pueblo vulnerable como chivo expiatorio.

Habiendo el mundo completado virtualmente el círculo completo, las palabras escritas o pronunciadas por Maritain hace más de medio siglo, resuenan como si las hubiera dicho ayer:

“La grande y terrible guerra que acaba de terminar fue hecha posible por la negación del ideal democrático de la dignidad y la igualdad y del respeto por la persona humana, y por la voluntad de sustituir tal ideal – haciendo valederos la ignorancia y los prejuicios – por el dogma de la desigualdad de las razas y de los hombres.”[8]

“A falta de algo mejor, la Declaración de Derechos Humanos es una promesa para los explotados y oprimidos de toda la tierra, el principio de los cambios que el mundo necesita”.[9]

 


[1]Este comentario lo retoma Jacques Maritain al comienzo de la Introducción que escribió para la memoria de las consultas realizadas por la UNESCO sobre el tema de los derechos humanos: Human Rights. Comments and interpretations. A symposium edited by UNESCO. París, Julio de 1948. Se puede encontrar en <unesdoc.unesco.org/images/0015/001550/155042eb.pdf>

[2]Posibilidades de cooperación en un mundo dividido. Mensaje inaugural a la II Conferencia Internacional de la UNESCO. 6 de noviembre de 1947. Publicada como el Cap. XIII en Maritain, Jacques, El alcance de la razón. Emecé Editores, Buenos Aires 1959.

[3]De hecho, Julián Huxley, hermano del novelista Aldous Huxley y heredero de una notable tradición de estudios científicos en la línea del evolucionismo darwiniano, no estaba exento de la tentación de aplicar el darwinismo a la sociedad. Al parecer antes de la guerra había sido un entusiasta promotor de la eugenesia, pseudociencia que creía en la posibilidad de la selección biológica de los más aptos,  y que quedó temporalmente desacreditada durante la guerra por la cercanía de sus tesis con las del racismo hitleriano.  Ciertamente no hay ni qué comparar la “calidad” moral de Hitler con la de un personaje tan universalmente respetado y estimado como Sir Julian Huxley, pero eso mismo es un indicador de que, en el nivel de las ideas por lo pronto,  el abismo que separaba a unos de otros no era tan grande como hubieran querido pensar las buenas gentes “defensoras del mundo libre”. De cualquier manera emitimos un suspiro de alivio por el hecho providencial de que alguien como Maritain haya estado ahí para impulsar la UNESCO más en la dirección de defender la dignidad y la igualdad humanas que en la de convertirse en un grupo de élite que, desde las alturas, recababan estadísticas y preparaban programas de racismo light para ‘mejorar’ a los de abajo. 

[4]Ver: Maritain, Human Rights op.cit. pag IX

[5]Posibilidades de cooperación, op.cit. pag. 274 y 275

[6]Jacques Maritain. Cristianismo y Democracia. Editorial La Pléyade. Buenos Aires, Argentina, 1971. pag. 95

[7] Ibid. pag. 12

[8]Declaración de Principios de la UNESCO contenida en el preámbulo redactado en la Conferencia de Londres, citada por Maritain en Posibilidades de cooperación, op.cit. pag. 287

[9]Maritain, Human Rights op. cit. pag IX.


Fidel, Kennedy y el Estado rufián

Escrito por Laudatosi 30-10-2016 en Enlaces externos. Comentarios (0)

La Jornada: Fidel, Kennedy y el Estado rufián

Incluyo aquí este artículo que escribí hace 3 años, en ocasión del 50 aniversario del asesinato de John F. Kennedy, porque es el complemento natural y necesario al artículo que acabo de escribir "El Octubre que sí se olvida". Hay una secuencia muy clara de acontecimientos: 1) Abril de 1961, el intento de invasión de Cuba, episodio conocido por los yanquis como "Bahía de Cochinos"  y como "Playa Girón" por los cubanos, 2) Octubre de 1962, la Crisis de los misiles en Cuba (tema de mi artículo anterior) y 3) Noviembre de 1963, el asesinato de Kennedy (tema del presente artículo). Estos artículos no son más que un fugaz y brevísimo asomarse a una cadena de acontecimientos que determinaron en buena medida el curso que desde entonces ha seguido nuestra historia. La literatura sobre ellos es inmensa y para quienes quieran comprender la historia mundial del último medio siglo es indispensable por lo menos asomarse a ella. Pero esta literatura está sembrada por todos lados de manipulaciones y desinformaciones deliberadas. Un excelente acercamiento al tema y a la literatura confiable es el libro de James W. Douglass JFK and the Unspeakable. Why he died and why it matters (JFK y lo Innombrable. Por qué murió y por qué importa) al que hago referencia en este artículo; desgraciadamente solo existe en inglés y no se consigue en México, pero para quienes hablan inglés, en la Web se pueden encontrar comentarios, páginas y hasta capítulos enteros del libro (una muy buen lugar para empezar es el portal que contiene la referencia del siguiente párrafo).

Este artículo está basado sobre todo en el libro de Douglass y en el discurso que pronunció Fidel Castro al día siguiente del asesinato de Kennedy. Como lo indico en una nota al pie de página, no  me fue posible localizar el discurso original en español, sino solo en la traducción al inglés que distribuyó la misma embajada cubana. Pero la referencia de la Web que aparece en el artículo de La Jornada ya no funciona. Aquí va otra actualizada::Discurso sobre la Trágica Muerte del Presidente John F. Kennedy. Fidel Castro, Noviembre 23, 1963.

Si alguien se pregunta qué tiene que ver todo esto con el tema original de este blog que es la encíclica Laudato Si, basta decir que el mismo Francisco enmarca su planteamiento sobre la defensa de nuestra "casa común" en el contexto de los esfuerzos de paz de su predecesor Juan XXIII y la crisis de los misiles en 1962 (que por cierto se desató el mismo mes y a solo unos cuantos días de la inauguración del Concilio Vaticano II). Prácticamente al inicio de la encíclica Francisco escribió:

"Hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear, el santo Papa Juan XXIII escribió una encíclica en la cual no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz. Dirigió su mensaje Pacem in terris a todo el «mundo católico », pero agregaba «y a todos los hombres de buena voluntad »."

El Octubre que sí se olvida

Escrito por Laudatosi 28-10-2016 en Enlaces externos. Comentarios (0)

La Jornada: El Octubre que sí se olvida

El aniversario del "sábado negro" de 1962, cuando el mundo estuvo al borde de la guerra nuclear, totalmente olvidado este octubre en que la confrontación de EU con Rusia en torno a Siria parece querer repetir la historia.

"Hemos perdido ese primitivo sentido de urgencia que teníamos ambos lados... y una vez más ambos lados se provocan y declaran que están dispuestos a llegar hasta el final."

Norman Cousins, autor de El imposible triunvirato: Kennedy, el papa Juan y Krushchev

La Defensa de la Madre Tierra/III ¡La situación es grave pero la victoria es nuestra!

Escrito por Laudatosi 30-10-2015 en Madre Tierra. Comentarios (0)

En una entrega anterior comparé al papa Francisco y su encíclica Laudato Si con un capitán de barco que da la voz de alarma sobre el inminente naufragio del navío que comanda pero a la vez sostiene que todavía hay esperanza. Variando un poco la metáfora, también lo podríamos comparar con un general que toma el mando de su ejército en un momento en que éste parece aplastado irremisiblemente por el enemigo: el territorio patrio está invadido, los centros de poder político y de comunicación nacional están prácticamente en su totalidad en manos de los invasores extranjeros – sea a través de sus agentes infiltrados o de traidores colaboracionistas- la población en su mayoría parece insensible a la tragedia o ha absorbido inconcientemente la ideología del enemigo, mientras la porción de ella que está directamente bajo la bota del opresor vive en una situación de terror y cuando resiste heroicamente parece no tener más que sus uñas para hacerlo. En pocas palabras, la situación parece perdida. Pero en estas circunstancias se produce un cambio en el mando supremo del ejército y el nuevo general que llega a hacerse cargo logra, con una serie de rápidos y contundentes movimientos, cambiar la percepción de la situación y la perspectiva de la guerra.

Con la ayuda de esta metáfora militar procederé a exponer sucintamente los principales elementos que componen la Encíclica Laudato Sí.

En primer lugar, Francisco, que es naturalmente el general del que hablamos, en un golpe de vista aprehende la situación con ese tipo de mirada que, según Napoleón, define a los genios: la capacidad de ver tanto el conjunto de la situación como los detalles, la capacidad de captar con una mirada el estado de las fuerzas del enemigo así como el de las propias, pero con un elemento, que muchas veces olvidamos o somos incapaces de incorporar, sin el cual los mejores análisis de la realidad son peor que inútiles porque no hacen más que incrementar la sensación derrotista por el abrumador poder del enemigo; me refiero a la capacidad de detectar, aun en medio de las peores circunstancias adversas las ventanas de oportunidad que, si se aprovecharan, podrían darle la vuelta a la situación. Así Francisco, como ya veíamos anteriormente, no minimiza los peligros ni le saca la vuelta a las situaciones que anuncian una inminente catástrofe (mal haría un general si lanzara sus tropas al asalto dejándoles la impresión de que las fuerzas enemigas son mucho menores de lo que son en realidad) pero, viendo más allá de la noche, avizora el amanecer. Y con esta visión plena de esperanza levanta el ánimo de sus tropas abatidas o resignadas a la inevitable derrota. ¡Vamos! ¡Adelante! ¡La victoria es nuestra! Si el Señor está de nuestro lado ¿quién podrá en contra nuestra?

Desglosando lo anterior en términos de la estructura básica de Laudato Sí, tenemos que en primer lugar (lo que correspondería a la Introducción que va del los párrafos 1 al 16) Francisco resume el problema y el estado de la cuestión en un par de párrafos concisos y contundentes. Sabiamente, como corresponde a un general que sabe por dónde hay que mover el alma de un pueblo invadido y casi derrotado, no comienza con una descripción de los estragos causados por del enemigo. Comienza recordándole al pueblo la graadeza y la belleza original de su patria, en este caso, de nuestra casa común, nuestra hermana madre tierra. Una vez hecho esto, entonces sí, viene, no tanto la descripción de los estragos (eso vendrá después) sino el súbito y estremecedor lamento por la patria herida que “clama por el daño que le provocamos” , junto con (y esta adición es importantísima) el lamento por nuestros compatriotas más pobres que con la hermana madre tierra son los que más cruelmente han recibido los impactos de la violencia: “Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto”.

Acto seguido Francisco esboza una línea de continuidad con sus antecesores desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI (se siente la ausencia de Juan Pablo I, quizá el que más se le parece de todos ellos). Vale la pena destacar que lo primero que hace, inmediatamente después de sus palabras sobre el clamor de la tierra, es establecer un paralelismo entre su encíclica y la encíclica Pacem in Terris (Paz en la Tierra) de Juan XXIII, escrita “hace más de cincuenta años, cuando el mundo estaba vacilando al filo de una crisis nuclear”, encíclica que “no se conformaba con rechazar una guerra, sino que quiso transmitir una propuesta de paz.” Con esto Francisco: a) Liga indisolublemente el tema de la ecología (en el sentido amplio que él le da a ésta noción) con el tema de la paz. b) Subraya el carácter mortalmente crítico del momento actual: así como el mundo estuvo al borde de la catástrofe nuclear (hace exactamente 53 años, en el mes de octubre de 1962, durante la llamada “crisis de los misiles” en Cuba, para ser más precisos) así estamos ahora al borde de la catástrofe ecologica. c) Sugiere, a la vez con delicadeza y con claridad, que si el mundo se salvó en aquel entonces de milagro (quien usó esta expresión no fue Francisco ni ningún correligionario suyo inclinado de por sí a creer en lo sobrenatural, sino el mismísimo Noam Chomsky, bastión del mejor racionalismo moderno) y se salvó en buena medida por la mediación de Juan XXIII entre Kennedy y Jrushov, los dirigentes de las dos potencias nucleares que estuvieron a punto de jalar el gatillo y hacer saltar el mundo en pedazos, sin embargo, el deseo mayor del papa bueno, la instauración de una auténtica paz que fuera algo más que no-guerra, quedó frustrado. De manera implícita pero obvia, Francisco manifiesta su esperanza de que, en esta ocasión, podrá la humanidad, no sólo evitar la catástrofe que la amenaza, sino, ahora sí, instaurar una verdadera “ecología integral” que será además la verdadera paz que anhelaba san Juan XXIII.

Esta sección introductoria se cierra con la reiteración por parte del papa Francisco de lo que ya había dicho en los primeros párrafos de la encíclica y seguirá machacando a lo largo de todo el texto: “la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta”.