De los Acuerdos de San Andrés a la visita de Francisco

Escrito por Laudatosi 14-03-2016 en Francisco en Chiapas. Comentarios (0)

La llegada a Chiapas del papa Francisco coincide con la víspera del XX aniversario de la firma (posteriormente traicionada por el gobierno de Ernesto Zedillo) de los Acuerdos de San Andrés el 16 de febrero de 1996. Nuestro estado vuelve a estar fugazmente en el centro de los reflectores internacionales y, aunque la razón aparentemente sea muy diferente a la que lo puso en ese sitio hace 20 años, en el fondo hay una continuidad. La razón por la que Francisco decidió visitar la diócesis de san Cristóbal no puede ser ajena a lo que él mismo ha dicho o escrito en otras ocasiones -declaraciones que son marco obligado para ubicar lo que diga en nuestra tierra: que los pueblos indígenas (o “comunidades aborígenes” como él los llama en su encíclica ‘Laudato Si’) son los mejores guardianes de la madre tierra, que son los primeros que tienen derecho a decir su palabra cuando se pretenden realizar grandes proyectos (léase: minas, autopistas, hidroeléctricas, plantaciones de monocultivos, etc.) en sus territorios, que, a pesar de ese derecho, son presionados de diversas maneras para despojarlos de su tierra y, finalmente, como dijo en su encuentro con movimientos populares en el Vaticano en octubre de 2014, que:

“¡Los pobres no sólo padecen la injusticia sino que también luchan contra ella! No se contentan con promesas ilusorias, excusas o coartadas. Tampoco están esperando de brazos cruzados la ayuda de ONGs, planes asistenciales o soluciones que nunca llegan o, si llegan, llegan de tal manera que van en una dirección o de anestesiar o de domesticar…Ustedes sienten que los pobres ya no esperan y quieren ser protagonistas, se organizan, estudian, trabajan, reclaman y, sobre todo, practican esa solidaridad tan especial que existe entre los que sufren, entre los pobres, y que nuestra civilización parece haber olvidado, o al menos tiene muchas ganas de olvidar.”

Todo eso, el hecho de que Chiapas se haya distinguido no solo por ser un estado con indígenas sino con indígenas que luchan (indígenas, y de raíces mayas, también los hay en Campeche que es a donde, según dicen, el gobierno mexicano pretendía desviar la visita del papa, pero hasta ahora no se ha escuchado su ‘¡ya basta!’) el derecho de los pueblos indígenas a sus territorios, derecho que corre paralelo al cuidado de la tierra y a su preservación de la destrucción que invariablemente entrañan esos grandes proyectos, el protagonismo (el ‘ser sujetos’ solía decir Don Samuel Ruiz, el ‘Tatik’) de los pueblos indígenas que rechazan los programas asistenciales y mediatizadores del gobierno, la solidaridad (‘para todos todo, para nosotros nada’ solían decir los zapatistas) estaba en el centro de los Acuerdos de San Andrés. Y, como recientemente decía uno de esos indígenas en una reunión de la diócesis: ‘Si se hubieran respetado los Acuerdos de San Andrés no estaríamos viviendo la amenaza y realidad de despojo de nuestras tierras que ahora estamos sufriendo’.

Y hay más todavía. Las palabras de Francisco también dan la clave para entender las verdaderas razones por las que el gobierno de Ernesto Zedillo escamoteó el cumplimiento de los acuerdos que ya había firmado, más allá de la palabrería seudo nacionalista y legalista que utilizó el mismo Zedillo para justificarse. Como les dijo el papa a las organizaciones populares e indígenas con las que se reunió en Bolivia en julio del año pasado (justo después de la publicación de su encíclica ‘Laudato Si’):

“Ustedes  me han relatado las múltiples exclusiones e injusticias que sufren en cada actividad laboral, en cada barrio, en cada territorio. Son tantas y tan diversas como tantas y diversas sus formas de enfrentarlas. Hay, sin embargo, un hilo invisible que une cada una de esas exclusiones, ¿podemos reconocerlo? Porque no se trata de cuestiones aisladas. Me pregunto si somos capaces de reconocer que estas realidades destructoras responden a un sistema que se ha hecho global. ¿Reconocemos que este sistema ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza?”.

Y en la misma encíclica Francisco señala repetidamente que son los grandes intereses financieros los que están en contra de todas las iniciativas que intentan solucionar la gran crisis socio-ambiental que ya está sobre nosotros. Recordemos que en el contexto del incumplimiento gubernamental de los Acuerdos de San Andrés está la crisis financiera desatada por los famosos (e infames) “errores de diciembre” de 1994, así como el condicionamiento por parte de los grandes bancos de los préstamos subsecuentes para ‘rescatar a México’ (en realidad para rescatarse a sí mismos) a que el gobierno ‘acabara con el problema de Chiapas’ tal como constaba en un documento del Chase Manhattan Bank, que fue dado a conocer por la revista Proceso.

Muchas cosas han pasado en Chiapas (y en México y en el mundo) desde la firma de los Acuerdos de San Andrés: la ejecución de los planes de contrainsurgencia en contradicción y violación de la ley que mandataba al gobierno a resolver el conflicto de Chiapas mediante el diálogo y la reconciliación, contrainsurgencia que tuvo como clímax la Masacre de Acteal en 1997; el paso de Chiapas de ser un estado marginado en cuanto a los recursos públicos a ser el vertedero de enormes sumas de dinero que han abonado la corrupción de autoridades y de líderes cooptados, la división de las comunidades y la promoción de un consumismo desbocado, destructor de la cultura indígena, desvinculado de un verdadero desarrollo y causante de una contaminación mayúscula en las comunidades. Y, como consecuencia de la contrainsurgencia (tanto militar como económica) la ruptura del frente amplio de indígenas que se había formado en torno a las demandas zapatistas y el consecuente aislamiento de éstos. Y, ya abierto el camino por estas políticas destructoras del tejido social, la puesta en marcha de los megaproyectos ligados al Tratado de Libre Comercio que habías sido temporalmente postergados a causa de la insurgencia indígena.

Frente al desánimo y el desconcierto inevitablemente producido en muchos por estos avances del capitalismo neoliberal y depredador, Francisco trae una palabra de esperanza. Hay voces que critican su visita; a veces, pueden venir de una buena voluntad algo miope, pero a veces vienen simplemente de la mala leche, de la ceguera o incluso de los intereses que se sienten amenazados y se disfrazan de aparentes protestas justas. Pero si consideramos adecuadamente las circunstancias, como aquí he tratado de hacer, veremos que la visita de Francisco converge con lo más profundo de las aspiraciones de los indígenas de Chiapas y del pueblo de México que alguna vez ha estado conciente de la realidad, como lo estuvo en las grandes movilizaciones por una paz con justicia y dignidad en 1994, 95 y 97 (protestando contra la Masacre de Acteal). De nosotros depende aprovechar sus palabras para atizar las brasas de un movimiento y una esperanza que por momentos parecen estar extinguiéndose. Esa renovación no significa volver a un pasado de hace 20 años, sino hacer pasar todo por una profunda transformación: desde las actitudes personales hasta los modos de hacer política. El desafío es inmenso pero el momento es propicio. No vayamos a desperdiciarlo ni por indiferencia, ni  por mezquindad, ni por autosuficiencia.